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Alberto es el jefe del Estado ausente

Extorsión en la puerta de las fábricas; violencia mapuche en la Patagonia; escuelas tomadas en la Ciudad. La anarquía le gana la pulseada a la ley y el Presidente sigue con su gestión cero

alberto fernández
Alberto Fernández
Procrear

Opinión:

En 1973, mientras Juan Domingo Perón volvía al país y al poder, una de las películas preferidas de los argentinos era “Amor y anarquía”. Un filme de la prestigiosa directora italiana, Lina Wertmüller, en el que Giancarlo Giannini interpretaba con mucho talento a un anarquista que, en plena Segunda Guerra Mundial, esperaba enamorado en un prostíbulo de Roma la oportunidad de ponerle una bomba al dictador Benito Mussolini.

En la convulsionada década del ‘70, la anarquía y la violencia eran perdonadas en la Argentina bajo el manto protector del romanticismo. Poco después, con el derrumbe de la economía y con la pérdida irreparable de miles de vidas y finalmente de las libertades, se comprobó que aquel jolgorio sí tenía un costo. Se subestimó la democracia y nos quedamos con la tragedia.

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Medio siglo después, en la Argentina de Alberto sobra la anarquía pero no hay nada de amor, y ni siquiera nos queda el consuelo del romanticismo. Todos los desencuentros donde se cruzan la confrontación política y el declive económico, muestran la degradación por la inoperancia del Gobierno. Cincuenta gremialistas paralizan la producción de neumáticos y, por efecto cascada, frenan también la fabricación de las camionetas más utilizadas por los productores agropecuarios en los campos.

Roberto AlmeidaRoberto Almeida

Un grupo de activistas mapuches echan a tiros y piedrazos a cinco gendarmes de una estancia, y se quedan por allí ocupando una propiedad ajena en Villa Mascardi porque nadie es capaz de detenerlos. Ni la Justicia, ni el gobierno provincial de Río Negro y, mucho menos, las fuerzas de seguridad que supuestamente comanda el Gobierno nacional. Los hombres y mujeres de la Patagonia ya hace mucho tiempo que saben que están solos en esa batalla para que no los agredan ni les usurpen sus tierras.

Un grupo de adolescentes con mucha (de) formación política y poco aprendizaje institucional toman doce escuelas públicas de la Ciudad de Buenos Aires, impidiendo que el resto de los alumnos pueda ejercer el derecho a aprender. Bastante más patético que eso es que algunos padres los apoyen, consagrando el avance incontenible de la ignorancia, y que tengan el respaldo de la agrupación La Cámpora o señalen como sus referentes a dirigentes importantes como el gobernador Axel Kicillof.

Con la cabeza de Cristina Kirchner ocupada por el juicio de Vialidad, en el que marcha camino a una posible condena a prisión por corrupción y la agenda económica de Sergio Massa colapsada por la estrategia para evitar una nueva crisis financiera con el dólar, el país ha quedado a merced de la gestión cero que consagró a Alberto Fernández como el presidente menos gravitante desde la recuperación de la democracia en 1983.

La sumatoria de conflictos ya no sorprende a nadie en la Argentina de estos tiempos, pero el escenario de este miércoles sobrepasó las previsiones más pesimistas en la Casa Rosada.

– Están bloqueados desde el último viernes todos los accesos de entrada y salida a las plantas de neumáticos Bridgestone (en Llavallol), Fate (en San Fernando) y Pirelli (en Merlo). Por eso, se paralizó la fabricación y distribución de los neumáticos a las automotrices de todo el país.

– En la negociación salarial del lunes, luego de la oferta salarial empresaria que les transmitió a los sindicalistas del SUTNA (Sindicato Unico de Neumáticos) la directora de Relaciones y Regulaciones Laborales, Gabriela Marcelló, el secretario gremial y activista del Partido Obrero, Alejandro Crespo, reaccionó en forma muy violenta. La funcionaria laboral debió ser evacuada de la sede del ministerio de Trabajo de la avenida Callao con custodia policial.

– Increíblemente, el ministerio de Trabajo no hizo ninguna denuncia ante la Justicia por la agresión a la directora Marcelló. El ministro Claudio Moroni siguió adelante con la negociación salarial como si nada hubiera sucedido.

– Los integrantes del grupo de activistas pseudo mapuche Lafken Winkul Mapu aprovecharon la confusión lograda tras el incendio de un puesto de Gendarmería en Villa Mascardi para ocupar varias propiedades vecinas. Sus dueños volvieron a denunciar el hecho ante la Justicia de Río Negro, sin que haya desde 2018 ninguna solución. Las fuerzas federales tampoco están ejerciendo la defensa de los habitantes de la zona, hartos de la desprotección.

– Los activistas del grupo Unidad Piquetera, integrado en su mayoría por militantes del Partido Obrero y sectores de la izquierda dura, continúan un acampe en las calles linderas al ministerio de Desarrollo Social pidiendo el otorgamiento de más planes sociales para sus integrantes. Sin diálogo con los funcionarios del Gobierno, este jueves decidirán si continúan con el piquete hasta el fin de semana.

– El miércoles 21 de septiembre, unos treinta activistas del gremio de Camioneros (que lidera Pablo Moyano) aprovecharon el ingreso de Luciano Milito, el dueño de la empresa de Logística Milo, en Avellaneda, para meterse en la planta, golpear al empresario y también a los empleados que corrieron a defenderlo. Hubo siete heridos graves entre los trabajadores de Milo (entre ellos, una mujer) y la Justicia bonaerense tiene los nombres de los atacantes bajo investigación. El conflicto se desató porque 112 de los 140 empleados de la empresa cuestionan al delegado gremial.

(Crédito: Franco Fafasuli)(Crédito: Franco Fafasuli)

Estas son las últimas imágenes del naufragio del gobierno del Frente de Todos. Mientras tanto, Alberto Fernández mantiene una agenda surrealista con inauguraciones y actos formales que le han valido la definición de “presidente eventero”, con el que lo descalifican algunos de sus colaboradores más cercanos.

El lunes último, Alberto recibió a algunos de los sindicalistas que lideran la CGT. Estuvieron en la Quinta de Olivos una delegación de caras conocidas como las de Carlos Acuña, la de Héctor Daer, José Luis Lingieri, Andrés Rodríguez y Armando Cavalieri, entre otros. Llamó la atención la ausencia, justamente, de Pablo Moyano. Y, aunque algunos funcionarios le restaron importancia al faltazo, en las primeras horas del martes se supo que no se trataba de una casualidad porque el camionero ya amenazaba con renunciar a su cargo de secretario en la central obrera.

“Si Alberto no lo llama, Pablo se va de la CGT y que se aguanten todo lo que venga”, presionaban los amigos del camionero enojado. En la Casa Rosada, nadie apostaba por un gesto de fortaleza presidencial. Y no se equivocaron. Veinticuatro horas después, se producía el llamado para que el hijo de Hugo Moyano también tuviera su invitación a cenar las delicatessen de Olivos. Piqueteros, mapuches, gremialistas violentos. Todos saben donde hay que apretar para lograr la respuesta esperada.

Tomas adolescentes en las aulas que alumbró Cortázar

Preocupados por esa sensación de desgobierno, algunos de los dirigentes más cercanos a Cristina Kirchner comenzaron a activar otros resortes políticos que pudieran balancear la escalada de los conflictos hacia el territorio opositor. En esa línea hay que leer la toma paulatina de escuelas en la Ciudad de Buenos Aires que comenzó con la interrupción de las clases en el histórico colegio de Balvanera, el Mariano Acosta. Los activistas adolescentes son, en esa y en otros establecimientos, pequeños dirigentes de la cantera kirchnerista, y de su brazo funcional de la izquierda.

“No podemos estudiar con hambre”, agitaba en las redes sociales una chica con smartphone y anteojos de sol importados. La excusa de las tomas eran el grosor de las fetas de fiambre de los sandwiches para las meriendas de los alumnos en el colegio. Podría haber sido un cronopio inolvidable para que lo escribiera Julio Cortázar, alumno ilustre de la escuela que también alojó en sus aulas a Manuel Sadosky y a Enrique Santos Discépolo.

Otra dirigente del futuro relataba en las radios y en la TV como había cerrado con un candado personal las puertas del Colegio Carlos Pellegrini, perteneciente a la Universidad de Buenos Aires y en tiempos ya lejanos un ejemplo valorado de meritocracia y de formación científica y social. Como no es una escuela de jurisdicción porteña, el “Pelle” llevaba adelante la toma de las aulas por solidaridad con los activistas que confrontan al gobierno de Horacio Rodríguez Larreta. Es curioso que estas protestas jamás se focalicen contra la excelencia alimentaria de las escuelas públicas bonaerenses, santacruceñas o formoseñas.

En estos casos, las notificaciones de la Justicia porteña a los padres de los alumnos okupas (entregadas por policías que llegan a cada domicilio en un patrullero de la Ciudad) han comenzado a mellar el espíritu primaveral de las tomas escolares. Es que las contravenciones y las multas por los destrozos en las escuelas recaen sobre los mayores que debieran ejercer alguna potestad de responsabilidad familiar.

La prolongación del conflicto en las escuelas porteñas también ha comenzado a agotar la paciencia de los alumnos que sí quieren concurrir a sus clases, y la de los padres que trabajan, pierden su tiempo y ven peligrar sus empleos cuando deben faltar a sus tareas para atender estos feriados inesperados. Está visto que la militancia ideológica escondida debajo de las fetas de mortadela no impacta en todas las familias por igual.

Lejos de los conflictos livianos que aquejan a estos afortunados chicos de clase media, aparecen otros mucho más siniestros.

Es el caso de la batalla campal entre los barrabravas del club Talleres de Córdoba y los activistas del Movimiento Teresa Rodríguez, quienes cortaban la ruta provincial 11 en la localidad de Tacuarendí (provincia de Santa Fe) y pretendieron impedir el paso de los hinchas cordobeses hacia el Chaco, donde su equipo iba a disputar un partido importante y a lograr una victoria contra Independiente de Avellaneda por la Copa Argentina.

Las fuerzas eran desparejas. La barra de Talleres venía en 14 micros y uno 10 automóviles. Los piqueteros, unos trescientos, esperaban en carpas y camionetas. Algunos tenían palos, otros tiraban piedras y algunos portaban armas, perfectamente audibles en los videos que llenaron las redes sociales. Los policías eran apenas cuatro agentes, incapaces de contener a las turbas.

Pocas imágenes retratan a la Argentina de hoy como ese descontrol de todos contra todos. La ley de la violencia empieza a regir cuando no hay nadie que pueda imponer la autoridad. ¿Quién manda en el país? ¿Dónde está el poder?, es la pregunta que se hacen cada vez más argentinos. Para esas preguntas, hay una sola respuesta. Alberto es el jefe del Estado ausente.

No hay policías que puedan detener a los violentos en una ruta santafecina. No hay fiscales ni jueces que puedan proteger a los habitantes de la Patagonia de las agresiones de los disfraces mapuches. Hay padres que consienten a sus hijos adolescentes cuando estos dejan sin clases a sus compañeros de escuela.

El verdadero huevo de la serpiente empieza a mostrar sus fauces detrás de la violencia y del autoritarismo. La anarquía no es una película italiana de los años ‘70. La anarquía es el escenario que se impone cuando la ley es derrotada. Y no es romántica, claro. Es solo el preludio de esa historia trágica que conocemos bien.