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Alberto Fernández culpó a los ricos por la tragedia educativa

El presidente parece olvidar que su gestión provocó la deserción de más de un millón de estudiantes, según el relevamiento de continuidad pedagógica del Ministerio de Educación en junio de 2020

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Alberto Fernández

Pareció alcanzar con cierto silencio las apariciones matutinas de la vocera Gabriela Cerruti para evitar los ya clásicos errores presidenciales no forzados. El dato no habla de una sofisticada estrategia, sino del extremo desorden previo. La ilusión duró hasta este lunes y confirmó que, puesto a hablar, Alberto Fernández no puede evitar caer en laberintos discursivos en los que suele marearse sin encontrar una salida.

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No podrá culpar por esto más que a su incontinencia, propia de quien comenta desde el bar. Pero, ¿Qué dijo ahora? El anuncio de la ampliación de las becas Progresar le sirvió como escenario para adoptar esta vez su personalidad revolucionaria. “Debemos estar agradecidos a los que hicieron su aporte voluntario (del impuesto a las grandes fortunas) y tenemos que llamar la atención a los que pudiendo hacerlo no lo hicieron. Espero que reflexionen, porque al no hacerlo dejan a chicos y chicas sin posibilidad de seguir estudiando, en un tiempo donde la educación es central”.

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Resulta de una audacia infinita que el Presidente que dejó sin clases presenciales a gran parte de los estudiantes de todo el país durante el 2020, echó al ministro de Educación que intentó la vuelta a las aulas, y se enfrentó con el Gobierno de la Ciudad por la decisión de que los alumnos asistieran a las escuelas, propiciando una tragedia educativa sin precedentes, hable hoy de que la “educación es central”.

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Su gobierno provocó que la Argentina estuviera entre los países de Latinoamérica que más tiempo mantuvieron cerradas las escuelas (110 días en promedio en la región), y la provincia de Buenos Aires, núcleo del kirchnerismo, fue el distrito que más resistió el regreso a las aulas. Pero Alberto Fernández también acusó a quienes no pagaron el impuesto a las grandes fortunas como responsables de que miles de jóvenes no continuaran sus estudios.

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Renovada audacia cuando su propia gestión provocó la deserción de más de un millón de estudiantes, según el relevamiento de continuidad pedagógica del Ministerio de Educación en junio de 2020. Sin embargo, esa cifra resulta parcial si se piensa en aquellos que interrumpieron el contacto en el segundo semestre del año pasado. Aún hoy, con el ciclo lectivo 2021 finalizado, no hay cifras confiables de cuántos alumnos recuperaron el vínculo escolar y cuántos lo perdieron para siempre.

El Presidente deberá saber que la preocupación por los temas educativos representa uno de los puntos más débiles de su gestión, y que cualquier mención no hace más que recordar su desaprensión en 2020, cuando millones de padres reclamaban la reapertura de las escuelas. Y que no fue la pandemia, sino la desmesura de la cuarentena que él definió lo que desencadenó la falta de horizonte que ahora menciona.

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Apenas un párrafo final para el facilismo demagógico de culpar a los ricos por nuestras carencias en materia educativa. En un país que necesita generar riquezas con urgencia, el Presidente no hace más que abonar una estigmatización obsoleta sólo aplaudida por unos pocos fanáticos. Particularidades de un mandatario con la debilidad de decir a cada quien aquello que quiere escuchar.

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