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Alberto Fernández sin poder y la Cámpora al frente del gobierno nacional

Esto se debe al hecho de que nadie aceptó ser su ministro de Economía y de que Cristina Kirchner le impusiera a Silvina Batakis, que responde a Eduardo “Wado” de Pedro.

alberto fernández la cámpora
Alberto Fernández - La Cámpora

“No quiero llamar a Cristina porque no quiero perder la dignidad”, bramó Alberto Fernández cuando, luego del diálogo con Sergio Massa, sus estrechos colaboradores lo intentaban convencer de que cualquier ofrecimiento al próximo ministro de Economía debía contar con el aval del presidente y de la vice. La rebeldía le duró apenas unas horas. No sólo terminó hablando con Cristina Kirchner.

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Sino que ella le impuso a una ministra de Economía, Silvina Batakis, que responde a Eduardo “Wado” de Pedro, ministro del interior y hombre clave de la vicepresidenta en el gabinete nacional. Wado fue el primero en amotinarse contra el mandatario y renunciar cuando, después de las PASO del año pasado, y a raíz de la derrota electoral, Cristina le exigía a Alberto un cambio en el elenco ministerial.

Sergio Massa proponía a Marco Lavagna; Cristina a Batakis. Alberto no tenía un candidato y sus ofrecimientos empezaron a rebotar desde el sábado por la tarde. La negativa de Mercedes Marcó del Pont, Emanuel Alvarez Agis, Guillermo Nielsen, Martín Redrado y Marco Lavagna, dejaron al mandatario en una situación de suma debilidad. No tuvo más remedio que hablar con Cristina y aceptar su candidata, “la griega” Batakis.

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La mesa chica de Alberto quedó diezmada. Prueba de ello es que durante el fin de semana y sobre todo ayer, estuvo acompañado por Juan Manzur, Vilma Ibarra, Julio Vitobello, Gustavo Beliz, Gabriela Cerruti, Santiago Cafiero, Claudio Ferreño y Juan Ross. Apenas un puñado de funcionarios en pocas áreas clave. Ya no forman parte del círculo aúlico los ministros Juan Zavaleta, Gabriel Katopodis y Jorge Ferraresi.

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Los tres se sumaron al espacio del Frente de Todos bonaerense que comanda Máximo Kirchner y no sería de extrañar que vuelvan a ser candidatos en sus respectivos municipios. Son pocas las áreas de verdadera influencia política que le quedaron al Presidente en el Poder Ejecutivo. El Banco Central, por ahora; la Cancillería con Cafiero; Seguridad en manos de Aníbal Fernández; y apenas, Obra Pública de Katopodis y Desarrollo Social de Zavaleta. Nada más.

Ya no cuenta con el respaldo de los gobernadores peronistas, alineados con Cristina Kirchner, ni con la CGT, a quien tuvo que insistirle para que le permitiera hacer un acto en la sede de Azopardo, en memoria de la muerte de Perón. Debe ser la primera vez que un presidente peronista no tiene como aliada a la central obrera. Alberto Fernández tiene como socio estratégico al Movimiento Evita.

Martín Guzmán era la última barrera que le quedaba al Instituto Patria para dejar a Fernández, políticamente al desnudo, sin defensas. La renuncia del ministro de Economía implicó la derrota del plan económico albertista. La salida de Guzmán fue producto de una larga ofensiva de Cristina, a través de La Cámpora y durante varias jornadas de Andrés “El Cuervo” Larroque, pidiendo su cabeza.

Pero ni el propio Guzmán respetó al Presidente. Lo llamó para anunciarle que iba a renunciar y no hubo forma que Fernández lo convenciera. El ahora exministro de Economía reconoce ante los suyos que no había capacidad de reacción y la situación se iba complicando. La disparada del dólar en todas sus versiones, pero también el rebote inflacionario producto de la restricción de las importaciones y la consecuente carrera por las remarcaciones de precios, obligaba al ministro saliente a contar con más herramientas.

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La decisión de irse tiene que ver, con que ya no podía conducir la política económica y ante la profundización de la crisis económica exigía instrumentos como el manejo de Energía y del BCRA. Además, tenía que lidiar con una interna feroz. Por eso sugirió que a su sucesor deberían darle todo, hasta consenso con la oposición. El fin de semana frenético dejó en claro que Alberto Fernández ya no maneja los hilos del Gobierno o, al menos, de buena parte de él.

Cristina Kirchner le ha intervenido la gestión, y al mandatario apenas le queda una cuota menor de poder. “El poder no pasa por ver quién tiene la lapicera, el poder pasa por ver quién tiene la capacidad de convencer. Convencer es una tarea mucho más ardua, pero es más segura”, afirmaba el viernes pasado, en el acto en la CGT. Sin lapicera y sin poder de convicción, todo será ahora mucho más difícil para Alberto Fernández a partir de ahora.

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