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Alberto Fernández, un presidente alejado en la gestión y pobre de poder

¿Tregua o una simple pausa? La suerte ya está echada.

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El presidente Alberto Fernández. (Markus Schreiber/REUTERS)
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La desnudez de poder del Presidente quedó evidenciada esta semana, donde abrumó con su silencio, solo interrumpido para leernos un discurso en Tucumán, sin apartarse ni una sola letra de lo previamente establecido. La indigencia de poder de Alberto Fernández no debe ser analizada sólo desde la mirada de sus propios hechos, sino desde el conjunto tanto de su actuación personal como la de su propia coalición.

Todos los sectores de su espacio han horadado la imagen del presidente, además de que el propio Alberto Fernández no deja de tropezar consigo mismo, generando una inestabilidad que bien podría haberse evitado, si no fuera por la desorientación que evidencia en todo su accionar. Hoy, acorralado por Cristina Kirchner, pareciera haber tirado los guantes. Sabe que perdió la pelea. Una que nunca pudo ganar.

Las conductas patológicas del Gobierno, en particular las de Cristina y Alberto, nos llevan a tener, por ejemplo, una Ministra de Economía que no tiene el volumen necesario para soportar el peso de los problemas que deberá enfrentar. Considerando sus antecedentes y contemplando el contexto político actual, las fallidas declaraciones constituyen una muestra de la falta de “porte” para enfrentar los desafíos del cargo que aceptó.

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Desde el momento en que juró, puso en marcha el cronómetro de su propia renuncia. El drama es que en ese “ínterin”, los problemas se seguirán agravando (inflación, dólar, falta de insumos, entre muchos más). Por cierto, debemos remarcar que son conductas patológicas a las cuales los ciudadanos nos hemos sometido con llamativa docilidad desde el largo encierro que la cuarentena de Alberto Fernández nos impuso.

La cronoterapia invertida que intenta Alberto, aguantar y que pase el tiempo, es algo que jamás debería haber sucedido. Se ve agravada por un presidente ausente en la gestión, más allá de sus intentos por mostrarse en control del gobierno, algo que ya todos sabemos no sucede, por más imposturas que intente en sus discursos o apariciones públicas, provocando una situación de ansiedad generalizada y expectativa en la sociedad.

Ni el presidente está en control, ni la Vicepresidenta dio una tregua. Estamos presenciando solo una “pausa”, una especie de corredor humanitario que Cristina Kirchner le dejó abierto al presidente para que no se mude al departamento de Puerto Madero y siga durmiendo en la quinta de Olivos, en ambos lugares en su calidad e inquilino temporal. Todo el “padecimiento” que vive el presidente es consecuencia inmediata.

Y está condicionado por su propio espacio político, que ya no lo quiere, lo desprecia y lo culpa anticipadamente por lo que suponen será una dura derrota electoral en 2023, peor aún que la sufrida en 2021, a consecuencia del agravamiento diario que soporta una sociedad que se siente a la deriva y sin “control del volante” de los que tienen la responsabilidad de dirigir los destinos de la nación.

En ese contexto cualquier final no es deseable. Es obligación de los que nos dirigen buscar el mejor final. Alberto y Cristina rompieron para siempre. En esas condiciones la traición y los ataques solo eran una cuestión de tiempo. Llegamos así a la decantación de una situación política y social que, si bien le dio al Presidente Fernández su acceso al cargo, lo dejan sin respuesta a la situación traumática que estamos viviendo por estos días.

La obediencia actual (casi debida) del Presidente hacia Cristina Kirchner le traslada a ella las consecuencias del desastre nacional y popular en que se ha convertido el gobierno del Frente de Todos y por ende la carencia de esa legitimidad de gestión que la propia vicepresidenta cuestionó en su momento. El país de Alberto Fernández y la ex presidenta es realmente peor de lo que era.

Todo indica que el final, al menos desde la perspectiva económica, será caótico, por más que Alberto y Cristina se empeñen en contarnos medias verdades que encubren grandes falacias. La suerte está echada. La suerte ya está echada para Alberto Fernández. Derrotado por Cristina Kirchner, se quiso ir. No lo dejaron. Debe seguir porque es su obligación constitucional. Todo debe tener un final, deseamos que sea el correcto.