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Con la economía en un nuevo nivel de inercia inflacionaria, los argentinos aceleran su huida del peso

La renovada emisión de dinero para asistir al fisco suma leña al fuego: el BCRA auxilió al Tesoro con más de $166.000 millones en menos de 15 días; el Gobierno inyecta billetes que la gente busca utilizar rápidamente porque cree que tendrán menor valor en el futuro

pesos
Según los analistas, el gasto no va hacia lo deseado, sino hacia lo posible

La economía argentina ingresó oficialmente en el último bimestre en un nuevo nivel de inercia inflacionaria. Los precios ya no corren a una velocidad del 20/25% anual promedio, como lo hacían hasta hace 10 años, ni a otra del 40 al 50% como lo hicieron en el último lustro.

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Ahora hasta el Gobierno admite que, aun en caso en que “todo ande bien”, se moverán a un ritmo promedio del 65% como piso, lo que resultaría un alivio ya que lo han hecho a un nivel del 23,1% en el primer cuatrimestre que no sólo dejó a la economía en el umbral más elevado desde la salida de la hiperinflación, sino que equivale a un peligroso 86,5% anualizado.

El repaso de las cifras deja en claro que el problema “endémico”, como le gusta describir al presidente Alberto Fernández, se agravó notablemente en los últimos meses, algo previsible considerando los $1,4 billones emitidos en forma espuria en el último cuatrimestre del año pasado y el rezago tradicional en sus impactos.

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Pero lo más inquietante es que la situación se torna más delicada en un momento en que, como no sucedía desde hace décadas, la suba de precios volvió a ser un problema para todo el mundo y la economía argentina se quedó sin anclas habida cuenta de que, sin reservas en el Banco Central (BCRA), las posibilidades de seguir atrasando algunos precios regulados (tarifas) o de usar para esos fines al tipo de cambio se agotaron.

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Miguel Ángel Pesce llegando a la reunión de Gabinete Económico, que encabeza Santiago Cafiero con representantes de la UIA, las cámaras de la Construcción y de Comercio, la CGT, la CTA y la CTEP en Salón Mujeres.
Miguel Ángel Pesce llegando a la reunión de Gabinete Económico, que encabeza Santiago Cafiero con representantes de la UIA, las cámaras de la Construcción y de Comercio, la CGT, la CTA y la CTEP en Salón Mujeres.Fabián Marelli – LA NACION

El único marco de contención, aunque no puso el foco en lo inflacionario, lo aporta el acuerdo sellado con el FMI, se coincide en el mercado. Pero como buena parte del oficialismo (incluso funcionarios) resisten su implementación, se acrecientan las dudas sobre posibles incumplimientos en unos meses. El cuadro descripto no es ajeno a ningún ciudadano que lo padece a diario.

La cuestión ahora es que, según comienzan a advertir numerosos economistas a partir de análisis monetarios, los argentinos están acelerando la huida del peso, lo que puede hacer que el tránsito hacia el nuevo nivel de nominalidad de la economía se consolide o agrave en los próximos meses.

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“Lo que se observa es que a la gente les queman los pesos en el bolsillo más que antes. Eso lleva a convalidar [siempre en la medida de sus posibilidades] las subas de precios simplemente porque todos están convencidos de que el precio caro de hoy será barato mañana”, explica el economista Daniel Marx, director de Quantum Finanzas, una de las consultoras que alertó en los últimos días sobre este tema.

“La Base Monetaria (BM) creció $76.000 millones hasta el 6 de mayo, un aumento nominal de 2,1% que representa una caída real de 17,9%, casi el doble de lo habitual en ese período según el promedio entre 2003-2022 (-11%). En la comparación interanual la variación real también es negativa en casi 5%, un reflejo claro de la caída en la demanda de dinero”, apunta.

Agrega que si bien “las restricciones para acceder al dólar funcionan como un factor de ralentización de esa caída”, el fenómeno luce lanzado, lo que obligará a las autoridades a un esfuerzo adicional si quieren bajar la inflación al menos en unos puntos “en un contexto en que el déficit fiscal posiblemente sea mayor y puede requerir más financiamiento monetario”.

El ministro de Economía Martín Guzmán en la tercera edición del AmCham Summit, un encuentro de la Cámara de Comercio de Estados Unidos en la Argentina (AmCham)
El ministro de Economía Martín Guzmán en la tercera edición del AmCham Summit, un encuentro de la Cámara de Comercio de Estados Unidos en la Argentina (AmCham)Gustavo Amarelle – Télam

En igual sentido sólo unos días antes la consultora LCG, creada por Martín Lousteau), había advertido sobre la contracción en $4200 millones mostrada en abril por la BM pese a haberse inyectado $80.000 millones al cierre del mes para asistir al Tesoro.

“Irrumpe un fenómeno que empieza a preocupar: hay pesos y no se demandan”, detallaron, algo que sucede cuando la relación BM/PBI “se encuentra en 6,6% y cayendo, mismo nivel de 2019, época en que estaba en funcionamiento el programa de “emisión cero” impuesto por el FMI a la administración Macri.

“En aquel escaseaba la oferta de pesos por la aplicación deliberada de una política monetaria contractiva pero hoy estamos en todo lo contrario: se inyectan pesos pero no son deseados por el público”, recuerdan.

“Lo que se percibe es que hay sectores con un nivel de actividad alto en un contexto de ingresos en caída, dado que son erosionados por la elevada inflación. Eso indica una mayor propensión a sacarse de encima los pesos lo que, en este contexto, debería ser toda una llamada de atención”, traduce el economista director ejecutivo de esa consultora, Guido Lorenzo.

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A eso hay que agregar que la velocidad de circulación del dinero se ha comenzado a disparar en esta primera parte del año. “La velocidad de circulación del agregado monetario M2 Privado (circulante en poder del público, depósitos a la vista y depósitos en caja de ahorro) da cuenta que los ciudadanos estamos rotando nuestro dinero al mayor ritmo desde febrero 2020, es decir, el momento previo a la fuerte desaceleración por la cuarentena eterna. Y va creciendo”, hizo notar en un informe también sobre el tema Portfolio Personal Inversiones (PPI).

El mismo fenómeno percibe el licenciado y CEO de la consultora W, Guillermo Oliveto, quien advierte sobre la extraña convivencia entre niveles de pesimismo récord en la población e indicadores de consumo que siguen en buen nivel.

“Tres millones de personas viajaron en Semana Santa; cuesta conseguir lugar en algún restaurante más o menos conocido, el consumo masivo creció 7% en el primer trimestre y los shoppings aumentaron sus ventas 25% en ese lapso. Ese combo debería dar lugar a un mejor humor social y sin embargo las encuestas marcan un pico de malestar”, repite para mostrar el peso que están ganando las malas expectativas en las conductas de los consumidores.

La única explicación que encuentra es que el nivel de gasto no va hacia lo “deseado” (la adquisición de dólares para atesorar, los viajes al exterior, la compra de una vivienda, etc), sino hacia lo “posible” en este contexto de cepo extremo y declive de los ingresos medidos en divisas.

Los propios índices de precios del Indec parecen avalar este fenómeno: en abril, tres consumos típicos de la clase media lideraron los aumentos indumentaria, restaurantes y salud, hizo notar días atrás Alfredo Sainz en LA NACION.

A estos rubros se podrían sumar los autos, con amplias remarcaciones y demanda reprimida por falta de entrega. “Lo más natural en este contexto sería un ajuste recesivo por limitaciones en el consumo, una etapa transitoria que ayude a atemperar la inflación y limite el peligro de que se espiralice mientras se van equilibrando las cuentas fiscales. Pero la situación política no ayuda, sino todo lo contrario”, acota el economista y consultor de empresas, Roberto Drimer.

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La nominalidad del 100% a la que se desplazó la economía en abril no está siendo explicada ni por su shock cambiario, ni tarifario, ni externo, sino por un cuadro general de malas expectativas”, coincidieron en caracterizar los analistas de Consultatio en un informe.

Los economistas explican que, más allá de las declaraciones formales, la inercia inflacionaria fue en buena parte impulsada por los errores oficiales. “No hay duda de que la declaración de guerra a la inflación por parte del Presidente en abstracto y sin el acompañamiento de un paquete de medidas para intentar cambiar las expectativas aceleró las remarcaciones de precios”, explica Marina Dal Poggetto, de Eco/Go.

Si a eso se agregan las malas señales que el Gobierno envía a los mercados, no extraña que la posibilidad de torcer el rumbo se perciban más remotas.

En este contexto, la renovada emisión de dinero para asistir al fisco -el BCRA auxilió al Tesoro con más de $166.000 millones en menos de 15 días (además de los $550.000 millones que debió imprimir y reabsorber en el año para pagar su deuda remunerada récord)- suma leña al fuego. “No es un monto de dinero que sea significativo o incumpla los compromisos pactados con el FMI. Pero es una inyección –como señal- muy inoportuna ya que llega no sólo cuando la inflación vuela, sino cuando además el BCRA muestra problemas para comprar reservas; además pone al mercado a hacer cuentas de las que surge que, de persistir con emisiones a este ritmo, la meta anual del 1% en relación al PBI quedaría sobrepasada”, hizo notar la consultora Delphos Investment.

De allí el complejo cuadro de expectativas que complejiza cualquier posibilidad de poner en marcha un plan antiinflacionario, aun cuando así lo deseara el Gobierno.

FuenteLa Nación
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