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El aislamiento de Cristina Kirchner es su máxima debilidad

Las miserias de la vicepresidenta se sustentan en la convicción de que la historia la absolverá, más allá de los resultados que obtenga en la justicia de los hombres.

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Cristina Kirchner
Trasplante de medula osea

Cristina Kirchner habita en soledad su propio castillo, tan surreal como inalcanzable por decisión propia. Vive en un castillo que va desde la esquina de Juncal y Uruguay hasta El Calafate, que le permite una vida de privilegios, con jubilaciones millonarias, y una fortuna personal impropia de una persona que ha dedicado la mayor parte de su vida adulta a la función pública. Supo usufructuar el sentir de una parte del pueblo que la sigue con llamativo fanatismo, construido sobre las promesas incumplidas de un futuro mejor que nunca llegó.

Desde su primer día como presidenta de la Nación solo hemos retrocedido. De los últimos catorce años, nos gobernó durante diez, y lo peor está por venir. Cristina Kirchner lo sabe y está intentando encontrar la forma de “alejarse” del desastre que se aproxima. En el día a día Cristina Kirchner sólo se ocupa de sus propios problemas, principalmente las causas judiciales y la perpetuación de su espacio de poder, mientras la realidad argentina nos somete a diario a un formato de vida que se degrada progresivamente.

Al mismo ritmo que crece la pobreza, la inflación no para, y el narcotráfico luce hoy incontrolable. Argentina es una gran arena movediza que poco a poco se va tragando a miles de argentinos, devorados por las fauces de la pobreza, la indigencia y la droga. Muchos no quieren ver en lo que nos hemos convertido, pero es hora de que abramos los ojos, la caída va a ser imparable y el golpe estrepitoso. La soledad de Cristina Kirchner y el empecinamiento en sus propios problemas no le permiten ver que el futuro incluye tanto el presente como el pasado.

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Argentina tiene un presente ficticio donde la dueña del castillo se debate entre someter a su delegado y destruirlo o dejar que éste la termine destruyendo a ella. La relación ya no tiene vuelta atrás. Desde su castillo la dueña del poder intenta sostener un proyecto que al menos le permita esquivar las causas judiciales que todavía le generan preocupación, como en la que declaró esta semana el Presidente de la Nación.

El muro del castillo de Cristina Kirchner se edifica sobre sus largos silencios, las calculadas apariciones públicas, sus redes sociales, y, cuando hace falta, aparecen los personeros de ocasión para hacer el trabajo sucio, ese que una dama no está dispuesta a realizar, pero sí a ordenar. Solo pone su firma en las cartas que entiende necesarias para marcarle el rumbo al Presidente cuando éste deja de atender el teléfono o contestar los mensajes de textos que no se caracterizan por la amabilidad de su lenguaje.

Se desprecian mutuamente, pero, al menos por ahora, no lo van a reconocer. Las miserias de Cristina Kirchner se sustentan sobre la convicción de que la historia la absolverá de toda culpa y cargo, más allá de los resultados que obtenga en la justicia de los “humanos”. Lo cierto es que la historia ya la juzgó, junto con todos los que gobernaron el país: son culpables por destruir una nación que podría haber sido una potencia mundial, pero que a consecuencia de la impericia generalizada hoy es un fracaso.

La soledad de Cristina Kirchner ya ha comenzado a nublar su capacidad de discernimiento distorsionando su juicio, ese mismo que la llevó a sentar en el sillón de Rivadavia a Alberto, un error que la pone nuevamente frente a los mismos dilemas que tuvo antes de tomar esa decisión. Cristina Kirchner está hoy en peor posición que en mayo de 2019 cuando anunció la fórmula presidencial con la que sorprendió a todos.

El cristinismo ha sido una corriente de avanzada. Avanzada hacia el precipicio. Con la muerte de Néstor se extinguió el “kirchnerismo”. Hoy sólo queda el “cristinismo” que es una versión diferente. Sus intereses son otros. La cooptación de las cajas del Estado es la base sobre la cual se construyen las defensas del castillo de Cristina Kirchner al mismo tiempo que intentan sostener un relato que le dé credibilidad ante un sector de la población que aún responde casi ciegamente a los designios de Cristina Kirchner mientras los movimientos de izquierda le van ganando la calle y los votos.

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