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El Cadillal ya tiene fecha de defunción

Federico Türpe - La Gaceta

el cadillal
Procrear

Suele decirse que a los tucumanos nos sobra agua por arriba y nos falta por abajo. No es metafórico, es una realidad. Decenas de miles de habitantes sufren inundaciones en el período estival y a otro tanto se les secan las canillas en invierno, cuando no durante todo el año, y siempre que no estén dentro del 15% de la población que directamente no cuenta con este servicio vital. Además, el 54% de los tucumanos no está conectado a la red cloacal.

Exceptuando al hambre y a la pobreza, la mala administración del agua es quizás el mayor y más urgente problema que tiene Tucumán.

El agua que bebemos, el agua que desechamos, el agua con que regamos, el agua que utiliza la industria, el agua que genera electricidad y el agua recreativa o turística de embalses y ríos.

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Todas estas aguas están pésimamente administradas desde tiempos fundacionales, pero a medida que crece la población, la industria y el cultivo las contrariedades se van agravando.

Algunas obras se hicieron durante el siglo pasado, como las redes de agua y cloacas en las principales ciudades o la construcción de diques, como Escaba (1949) o El Cadillal (1966).

En el último medio siglo se hizo casi nada, o peor aún, se hicieron muchas cosas para agravar los problemas.

Sin contar a las pocas y pequeñas localidades del extremo este de la provincia, el resto de las ciudades, pueblos y caseríos se inundan varias veces por estación.

Cada año en el sur de la provincia miles de personas pierden todo. Y a volver a empezar desde cero.

En el Gran Tucumán las dificultades son más complejas, por varias razones. En primer lugar, la agricultura y la urbanización han generado un salvaje desmonte en el piedemonte, no sólo en la ciudad sino a lo largo de toda la provincia.

Al ya no existir las defensas naturales, o al haber disminuído drásticamente, cuando llueve el agua baja a la llanura con mucha más furia, en mayor cantidad y velocidad.

A diferencia de Córdoba, donde algunos cursos naturales, permanentes o estacionales, se han canalizado (las cañadas), en Tucumán hemos edificado sobre los ríos, mientras a la par no se han construido los canales suficientes, en cantidad y en capacidad, para sustituir esos cursos nativos.

Es así que hoy tenemos calles y avenidas que se transforman en ríos estacionales, porque el agua de algún modo debe llegar de las zonas más elevadas al río Salí.

Por ejemplo, las calles Uruguay y Perú (son paralelas) cumplen esa función, con cotas que a veces superan el metro y medio de altura. A decenas de arterias les ocurre lo mismo en el área metropolitana cada vez que llueve.

Larga historia de un embalse

Los tucumanos tardamos 77 años en construir nuestro dique más importante, El Cadillal, luego renombrado Celestino Gelsi, aunque nadie le llama así. Una rara costumbre que tenemos de rebautizar cosas cuando cambian los gobiernos para que todos les sigamos diciendo como siempre, como con las peatonales, entre otros renombramientos desconocidos por la mayoría,.

Ubicado a 28 kilómetros al norte de la capital (21 por el cauce del Salí), este embalse atravesó un largo y tortuoso camino burocrático, tironeos políticos, vacas flacas y mezquindades varias, hasta lograr su concreción.

El primer intento se hizo en 1889, cuando el gobierno propuso construir un pequeño embalse con el fin de contener el caudal de las irregulares aguas del río Salí, y de paso abastecer algunos canales de riego para el cultivo.

Recuerdan en una investigación del Ente Regulador de Agua y Cloacas de Tucumán (Ersact), la bioquímica Silvia Courel y el ingeniero Santos Martínez, que los primeros estudios topográficos se hicieron en 1901 y que su ejecución comenzó en 1902, pero que poco después fue suspendida.

En 1915 la Dirección General de Ingenieros del Ministerio de Obras Públicas de la Nación realizó un nuevo proyecto, aunque el contexto internacional de la Primera Guerra Mundial y las dificultades económicas impidieron su concreción.

Luego de varias leyes y trámites se retoma el proyecto en 1935, pero no fue sino hasta 1943 cuando se ordena su ejecución, a cargo de la firma Amburesen Da Co.

Nuevamente los trabajos fueron cancelados en 1947, ya que la localización no era la adecuada para la estructura.

En 1956, Agua y Energía de la Nación reinicia los estudios, a cargo de una comisión técnica denominada “El Cadillal”, que culminaron en 1958 y ubicaba al embalse 400 metros aguas arriba del lugar inicial.

La Provincia firmó el 25 de octubre de 1961 un contrato con la constructora inglesa Richard Constain, que inició las obras en julio de 1962 y las finalizó en diciembre de 1965, por un costo total de 13 millones de libras esterlinas. Se inauguró un mes después, en 1966.

El ex Cadillal

El dique cumplirá en diciembre 57 años, con una superficie máxima de 1.300 hectáreas y una profundidad máxima de 72 metros. Hoy abastece de agua potable al 56% de la población del Gran Tucumán, es decir a casi 600.000 personas, aunque no era su objetivo inicial.

No fue sino hasta septiembre de 1977 en que comenzó a funcionar la planta potabilizadora.

En un estudio de 2004 el ingeniero Franklin Adler advertía que el dique ya había perdido el 35% de su capacidad, a causa de la acumulación de sedimentos provenientes de la cuenca que lo abastece, de 4.700 kilómetros cuadrados. Y estimó que esta capacidad disminuía a razón del 1% por año. El dique Río Hondo pierde 1,03% por año de utilidad.

Es decir que hoy, en 2022, El Cadillal ya disminuyó el 52% de su capacidad original.

Según una investigación de la Universidad Nacional de Córdoba, dirigida por Santiago Reyna, profesor titular de Obras Hidráulicas, de Ingeniería Civil, el nivel máximo de atarquinamiento (colmatación) al que puede llegar un embalse antes de dejar de ser útil es del 75%. Este estudio se hizo a partir de los reiterados incendios forestales en esa provincia, que generaron mayor sedimentos en los ríos y por lo tanto acortaron décadas de vida útil a varios embalses cordobeses.

Si el pronóstico de Adler se confirma, El Cadillal sería inservible dentro de 23 años. Y en 48 años podríamos caminar sobre su superficie.

En poco más de dos décadas el dique no servirá para atenuar las crecidas, dejará de proveer agua a las industrias, entre ellas cuatro ingenios y una citrícola, dejarán de regarse 40.000 hectáreas de cultivos, cesará de generar electricidad (el 5% de la que consumimos), perderá interés turístico y, lo más importante, más de medio millón de tucumanos se quedarán sin agua potable.

En febrero de 1984 los tucumanos ya vivimos esa experiencia en pleno verano. Ingresó a la toma una cantidad de sedimentos tan grande que paralizó a la planta potabilizadora por varios días.

En 2006 ya era urgente

El Cadillal no tiene reemplazo, no hay otro dique que lo sustituya y no puede hacerse otro en esa cuenca. Potabilizar es cada vez más costoso porque el agua es cada vez más turbia y contiene altos índices de manganeso, que si bien no es perjudicial para la salud, hace que el agua se vea amarronada.

El dique no cuenta con una toma para agua potable en las alturas indicadas (por eso desde 1986 funciona una balsa con una bomba de extracción), porque inicialmente no fue pensado para eso, y pese a que varios expertos alertaron que había que construir una, del tipo “ventana”, donde se elige el nivel donde al agua está más limpia.

Tampoco se hicieron trabajos de descolmatación, que a esta altura ya serían urgentes, ni el correcto manejo de la cuenca para evitar el ingreso de sedimentos.

En 2004 Adler también había advertido que la pérdida de capacidad iría en aumento, más del 1% anual, a raíz de la mala administración de la cuenca, entre ellas la deforestación y el cultivo irresponsable.

Están en juego demasiados intereses vitales para que el Estado siga inerte en este tema.

Adler además había aconsejado que también deberían involucrarse, con propuestas y acciones concretas, los poderosos sectores privados que son usuarios de El Cadillal.

En la investigación que hicieron Courel y Martínez para el Ersact (2006), apuntada principalmente a la disminución del volumen y la calidad del agua, algunas de las conclusiones a las que llegaron fueron:

“Se iniciará un proceso de pérdida de la capacidad de atenuación de crecidas, ello significará un gran riesgo para las instalaciones aguas abajo del embalse: viviendas, puentes, cruces de gasoductos, torres de alta tensión y otras”.

“Irá disminuyendo la cobertura que se pueda brindar. Esto limitará las posibilidades de crecimiento de las actividades productivas”.

“Hay cada vez más riesgo de una creciente importante en un momento de bajo nivel de embalse; ésta haría ingresar abundantes sedimentos con graves consecuencias”.

“Es imprescindible solucionar el ingreso de sedimentos para prolongar la vida útil del embalse. Deben realizarse obras para este importantísimo objetivo”.

“Estudiar las obras que deberían realizarse para adecuar el punto de toma de agua, teniendo en cuenta la calidad del agua cruda a captar según la época del año y sus diferentes condiciones”.

“Instar al debate interinstitucional que permita una evaluación integral y que puedan reflejarse en acciones concretas”.

“Conociendo las dificultades que hubo para la concreción de un proyecto que era absolutamente necesario para Tucumán y la falta hasta hoy de la sistematización de la cuenca superior, lo que se ha gestionado innumerables oportunidades y no se consiguió hasta aquí, nos ha llevado a llamar la atención de la comunidad hídrica de la región y del país para que las autoridades tomen conciencia de la real importancia del embalse “El Cadillal” en el desarrollo de la Provincia y la urgente necesidad de iniciar acciones para su preservación”.