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El calvario de Silvina: la peluquera de Bussi que dio positivo de coronavirus

Silviana Mansilla, a punto de retirarse de alta del Hospital del Este. Fue paciente de Covid 19 luego de cortarle el pelo a Ricardo Bussi.

Silvina Mansilla tiene 23 años y es peluquera. El pasado martes 14 de abril se transformó, junto a otros dos pacientes, en una de los tres primeros portadores de Coronavirus recuperados de Tucumán. Pasó 18 días en aislamiento hospitalario, llevada en ambulancia y escoltada por la Policía de Tucumán por una supuesta orden judicial por violar la cuarentena.

Mientras cruzaba el puente Lucas Córdoba en moto con su esposo, camino al Hospital del Este, Silvina siente que se desvanece. El aire que intenta inhalar cada vez con mayor dificultad no alcanza para saciar sus pulmones. Está mareada. Se siente morir. Es la segunda vez que se dirige hacia ese centro de atención, en Banda del Río Salí, donde horas antes nadie la quiso atender.
 
Ella, su marido Marcos Pereyra, su hija de dos años y su hermana menor, viven en Alderetes. 
Tienen una despensa y no saben si van a poder volver a abrir las persianas. No viajaron al extranjero ni salieron fuera de la provincia durante las vacaciones de verano ni las semanas posteriores. Hasta enterarse por las noticias, creían no haber tenido ningún contacto con infectados. Silvina no busca culpables y si bien lamenta el día en que realizó un reemplazo en la peluquería de un afamado peluquero, cuyos clientes son en muchos casos políticos tucumanos, su principal objetivo es limpiar su nombre y el de su familia. “Se dijeron muchas mentiras”, se lamenta luego de haber vivido –según ella- un verdadero calvario.

En los reportes previos al anuncio de los primeros recuperados, Silvina era el número uno solitario en aislamiento hospitalario obligatorio que figuraba en las cifras difundidas por el Ministerio de Salud provincial. Un caso que se comunicó como el de alguien que se negaba a cumplir con la cuarentena.

Días antes del 17 de marzo, fecha de la última sesión legislativa antes de que la totalidad de los legisladores debieran cumplir obligadamente la cuarentena, un cliente conocido tocó a la puerta de la peluquería en la que se encontraba realizando un reemplazo. Una compañera le abre la puerta. Luego, ella lo saluda y lo invita a sentarse en una de las sillas que estaban desocupadas a la espera de que el dueño le corte el pelo. Le ata la capa alrededor del cuello y lo deja frente al mostrador.

Cuando termina de cortarse, vuelve a acercarse para limpiare los residuos capilares caídos en la barba y encima de la capa que luego desata para invitarlo a ponerse de pie. Lo despide y continúa con su vida normal. El nombre y apellido de ese cliente es Ricardo Bussi. Y Silvina no asegura que haya sido él quien le contagió el virus, sólo sabe que después del domingo 22 de marzo, cuando restaban solo un par de horas para comenzar una nueva semana de trabajo, el mundo se le venía un poco abajo. Bussi, a quien había atendido, con quien había compartido una misma habitación junto a otros clientes y de quien había estado a una muy corta distancia, daba positivo COVID-19. Si él lo tenía –pensó-, quizás también ella.
“¿Yo por qué me hago la prueba? Porque yo ya me sentía mal y después me enteré que a él le sale positivo y me acordé que lo había atendido ese día. Yo no sé quién me contagió”, cuenta Virginia que, más allá del padecimiento físico que soportó al contraer el virus que asola al planeta, siente que el daño real no ocurrió en sus vías respiratorias, sino que afectó directamente a su familia, su futuro; su vida entera.

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Luego de haber sido rechazada en el Hospital del Este, Silvina y su esposo suben a su moto y se dirigen por recomendación de una enfermera del lugar hasta el Centro de Salud. Cuando intentaban cruzar nuevamente el puente Lucas Córdoba, un control policial detiene su marcha. Quisieron secuestrarles la moto, pero cuando les dijeron a los agentes a dónde se dirigían y el porqué, el camino se les abrió por única vez en esta historia. Al llegar, ingresaron por el consultorio de febriles, donde los pacientes desbordaban. Mendigaron atención hasta que uno de los médicos se les acercó. Luego de un breve interrogatorio, en el que indagó sobre sus últimos movimientos antes de comenzar a sentir la falta de aire, el galeno le aplicó un inyectable y le recetó un puff por posible neumonía. Para el profesional, el formol que Silvina manipula a diario en su actividad podría haber sido el causante de la dificultad para respirar.

“El único síntoma que tuve fue no poder respirar, que la verdad no le deseo a nadie, porque es una cosa que sentís que no te entra más el aire y ya pensás cualquier cosa”, describe la ahora contagiada recuperada sobre lo que el virus –en su caso- le hizo sentir en lo estrictamente físico. Porque también tuvo consecuencias sociales, desde escraches en las redes sociales hasta que les cierren las puertas a familiares directos en la cara, como cuando su hermana menor fue a comprar algo de pan y tortillas para que coman el hija de Silvina y otra sobrino de cuatro añitos que quedaron a cargo de su madre –una jubilada que vive en Banda del Río Salí-, y en la panadería del barrio no la quisieron atender. Y así, la misma situación se repetía en varios otros kioscos. Con su marido en cuarentena y vigilado por la Policía en su domicilio de Alderetes y ella en aislamiento en el hospital, que sus hijos coman dependía de la voluntad de la gente que trataba a su familia como traidores a la Patria.

La versión de Silvina y Marcos respecto a cómo llegaron a padecer semejante calvario en lugar de una cuarentena plácida como cualquier otro ciudadano de barrio privado o dueño de empresa que no respetó las medidas preventivas decretadas por el presidente Alberto Fernández, comienza con una llamada al 107. Luego de que ella recibiera los resultados de su hisopado y de una noche entera de llanto, sola en una de las dos habitaciones que tienen en casa, su marido y su hermana manifiestan fiebre. Como dicta cada publicidad que el Gobierno de Tucumán pasa en radios, canales de televisión y redes sociales, se comunicaron inmediatamente con el SiProSa (Sistema Provincial de Salud). Ambos aseguran que pasaron horas, su esposo y hermana hervían y temían sobre lo que podría pasar de seguir aguardando a la ambulancia que se encarga de visitar casos sospechosos. Entonces, Marcos subió a su cuñada a su moto y partieron rumbo al Hospital del Este. Fue el viernes 27 de marzo después de las 18. Antes de quedar sola en casa, Silvina le pide a su esposo que deje el portón cerrado con candado porque no quería problemas con nadie. El día que a ella le entregaron el resultado, el martes anterior, el médico que le acercó el sobre cerrado con el informe que adentro mostraba una palabra con carga semántica completamente opuesta a su real significado (“positivo”), le advirtió que tratara de mantener en secreto el diagnóstico. ¿Por qué? Por la gente, por la discriminación. Silvina hizo todo lo posible, pero entre el miércoles y hasta el viernes, patrullas policiales comenzaron a visitar su hogar y -segun ella- a hacer circular rumores. “Después pasó de que la Policía dijo que yo no estaba acá y se enteró todo el mundo que yo supuestamente no estaba cumpliendo la cuarentena; la gente no quería pasar por la puerta de mi casa, se cruzaban de vereda”, se lamenta.

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Ese viernes, mientras Marcos y su cuñada se hacían el hisopado en el Hospital del Este, un inmenso operativo policial ocurre fuera de su casa. Silvina lo llama al celular, desesperada, le dice que le quieren tumbar la reja porque alguien les avisó que no estaban cumpliendo la cuarentena. Ella intenta explicarles a los agentes que su esposo y su hermana se habían ido al hospital porque tenían síntomas y la ambulancia del SiProSa no llegaba. Al regresar el marido, no pasa media hora y por fin aparece la asistencia médica móvil. Vino, pero no para atender a Marcos o a su cuñada, sino para llevarse a Silvina a cumplir con el aislamiento en un hospital por orden judicial. Apenas pudo juntar algo de ropa y a despedirse de su familia y, desde ese día, pasaron 432 horas sin comunicación alguna con ningún ser querido. Y, como si fuera poco, -según describe la propia recuperada- recibiendo un trato muy poco digno de parte del personal médico. “En el hospital ha sido de terror, no tenía agua, no te dan. A veces un chico de la cocina nos hacía llegar una botella de 3 litros, pero fue una sola vez porque no quería tener problemas. Fue una vez una amiga a querer dejarme unas cosas y no querían que me las dejara. Estuve cuatro días sin comer porque me dejaban la comida fría y cruda; a ellos no es importaba. Estuve sola, cada habitación tiene una cama de acompañante. Era todo cerrado, solo la ventana podía abrir para ventilar, tenía un baño. Los primeros días salía helada el agua en la ducha”, recuerda.

Mientras Silvina cuenta los días en el Hospital del Este para volver a encontrarse con su familia, en su hogar permanece su esposo Marcos, completamente solo, casi sin comida ni agua –en su barrio hay agua en horarios específicos-, con la mitad de la mercadería con riesgo de descomposición. Ante la imposibilidad de abrir el negocio, la prioridad fue ahorrar la mayor cantidad de electricidad posible. Antes de que el fiambre expirara, consiguió que un vecino –de los pocos que le tendieron una mano- se lo llevara a su hija que permanecía aislada en Banda del Río Salí. Marcos cuenta que no sólo debió padecer hambre, sino que debió aguantar los abusos de la Policía que se presentaba a diario en su domicilio para tomarle fotos, aparentemente el método para informar a sus superiores el cumplimiento de la cuarentena de personas específicas. “El domingo (dos días después que llevaran a su esposa) vino de vuelta la Policía porque decían que andaba en la moto comprando vino y con música fuerte. Por la vida de mi hija juro que todo es mentira. Me hacían posar (lo policías) en mi reja delante de todos mis vecinos”, describe el hombre que cumplió con la cuarentena pese a haber dado negativo en la muestra, al igual que su cuñada.

“Ellos dicen que yo violé la cuarentena porque me fui al hospital a hacerme hisopado. Nunca en mi vida vi tanta Policía. Han cortado la calle. Pusieron en todos lados hasta las fotos de mi hija de 2 años. Cómo no iba a salir si llamaba al 107 y no venían”, recuerda Marcos sobre la noche en que el mundo se les vino un poco más abajo. Por ese episodio, además, asegura que los llamaron desde el Ministerio Público Fiscal (MPF) para comunicarles una multa de $5.000. “No tenemos de dónde sacar. El negocio está cerrado porque no vamos a poder volver a abrir porque nadie nos va a comprar ni un caramelo”, se lamenta Marcos, quien luego aclara que la mujer que los llamó en nombre del MPF les ofreció un mejor trato: “Le digo que no tenemos trabajo, que arañando estamos llegando a fin de mes y me contesta que nos pueden dejar en $2.000, en dos cuotas de $1000. Me piden que agende el número y que después le mande un WhatsApp con mi DNI y dirección para que me digan dónde depositar”.

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A la multa, aún en suspenso, por presunta violación de la cuarentena, a la familia de Silvina y Marcos se les suma una factura de la luz peor que la pandemia. Más de $10.000 luego de medio mes sin ingresos a causa, principalmente, del accionar de ciertos sectores de gobierno y de la sociedad. “No sé qué voy a hacer. Se está pudriendo el 70% de lo que tengo. Era nuestro sueño; hemos quedado en la nada. La gente que pasa esto (la cuarentena) mínimamente tiene trabajo. Nadie se acerca ni se preocupa. Aparte de ser una enfermedad fea, que te traten como te han tratado, que la Policía te voltee la puerta para sacarte una foto. No sé si otra familia aguantaría lo que pasamos nosotros”, reclama Marcos que, sin embargo, trata de sacar algo bueno de dentro de lo lamentable. “Son cuatro personas las que me han dado la mano y nunca me voy a olvidar de ellos”, dice sobre aquellos que fueron los únicos que se acercaron para convidarle comida, agua, y hacerle llegar a su pequeña lo poco que podía disponer de la despensa, la única llave para un futuro.

A Silvina le dieron el alta a las 10 de la mañana del martes 14 de abril, 18 días después de que la Policía se apersonara en su domicilio con una orden judicial y acusándola de violar la cuarentena. “Me dieron el alta, lo llamé a mi marido y me buscó. Fue terrible y después al verla a mi hija… Quería aclarar otra cosa: no quiero que le pase a otra gente lo mismo que a nosotros. Además que nos escracharon, mi familia pagó las consecuencias”, dice quien hoy es una de las tres recuperadas de Coronavirus en Tucumán y expresa un último deseo antes de intentar retomar su vida normal: “Me gustaría encontrar a la persona que dijo todas esas mentiras”. / Fuente: El Tucumano /Telefe

Silvina y Marcos, antes del calvario.