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El dilema culposo de Juntos por el Cambio

La principal coalición opositora se encuentra entre la espada y la pared de cara al acuerdo con el FMI en el Congreso.

juntos por el cambio

Los opositores intentan descifrar los movimientos contradictorios de la coalición peronista. A medida que se acerca el debate aumenta entre ellos la convicción de que los Kirchner quieren tenderles una trampa. Algunos incluso incluyen a Alberto Fernández como cómplice del complot. Juntos por el Cambio es un hervidero. La carencia de un liderazgo claro nunca fue tan evidente como ante este debate incómodo.

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En el que se les cruza una sensación de culpa por tratarse de la deuda que tomó el gobierno macrista. Alberto Fernández, incapaz de despertar fervor con su proyecto, atiza esa interna para insuflar ánimo en la tropa propia. Lo hizo con su discurso ante la Asamblea, cargado de dardos a Macri. Celebró como un chico que los diputados del Pro se hubieran retirado del recinto, mientras los radicales y los de la Coalición Cívica se quedaban.

Ese episodio reveló la alarmante falta de coordinación en el principal frente opositor. A Larreta la movida lo sorprendió en el palco de autoridades. Se retiró sin que las cámaras lo percibieran. No tenía opción, pero fue crítico en la intimidad de la forma en que se resolvió y los efectos que tuvo. Esa misma noche, en la cumbre del Pro que se celebró en la casa donde vive Macri en Acassuso se debatió cómo pararse ante el acuerdo.

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Larreta hizo énfasis en evitar a toda costa una situación de default, que tendría derivaciones inimaginables. “No hay ganadores posibles”, dijo. Patricia Bullrich matizó que Juntos por el Cambio no puede hacerse cargo de esa situación. “Si hay default tenemos que dejar claro que es por culpa de Máximo, Cristina y compañía; no de nosotros”. La coincidencia sin matices es que el acuerdo da vía libre a construir una bomba de relojería para el próximo gobierno.

Sin solucionar siquiera los problemas de corto plazo. La mayor preocupación tiene que ver con la bola de nieve de la deuda en pesos, cuyo aumento parece inevitable al analizar la lógica del programa. El FMI pactó unas metas de déficit no muy estrictas en 2022 y 2023, acompañadas por un límite a la emisión monetaria. Endeudarse en el mercado local con instrumentos de corto plazo e indexados a tasas altas es la herramienta que Guzmán y el BCRA tienen a mano para financiar el rojo fiscal.

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Bajar la inflación y desmontar los cepos parece ciencia ficción en ese esquema. El ritmo del ajuste se acelera en los años posteriores al fin del mandato de Alberto Fernández, al tiempo que se elimina en 2024 la emisión como instrumento para cubrir el déficit. Si -como celebra el Presidente- no se encara ninguna reforma estructural que corrija los desequilibrios crónicos de la economía argentina, solo queda apostar por un milagro.

La discusión es política, no técnica, con la mira puesta en las elecciones. Los “halcones” del Pro reclamaban votar en contra; otros creen que se puede facilitar la aprobación en general con una abstención y rechazar después el artículo que incluye el programa económico. Los radicales también están divididos. Gerardo Morales promueve facilitar la aprobación, mientras que Martín Lousteau insiste en que el proyecto tal como está “es invotable”.

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Carrió pugna por encontrar una forma de “salva a Fernández del golpe que le prepara Cristina”. La hostilidad del Gobierno lleva la discusión a una dinámica imprevisible. Hay que prestar atención al juego de un Macri reempoderado: sus seguidores sienten la presión por defender el plan de 2018 que llevó a su administración a pedir asistencia al FMI. ¿Qué es lo que pasará entonces? Esta semana podría develar la respuesta.

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