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El escándalo del avión iraní venezolano se vuelve cada vez más complejo

La investigación judicial entierra cada vez más profundo la imagen de la excursión docente por los cielos del sur que imaginó el Gobierno.

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El avión fue retenido en el aeropuerto de Ezeiza. (Foto: AFP / Sebastián Borsero).
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Casi no existen problemas, por diminutos que parezcan, que no hagan tropezar al Gobierno. El escándalo con el avión varado en Ezeiza, una estrafalaria aeronave cuyo propietario no se pudo certificar de manera fehaciente hasta ahora, que llegó al país con una tripulación tan voluminosa que hubiera despertado las sospechas de cualquiera, con pilotos militares y civiles iraníes, con problemas incluso para aprovisionarse de combustible, es una muestra bastante contundente de esa dificultad.

Lo único que hizo el Gobierno hasta ahora fue minimizar las sospechas que envuelven ese avión desde todos los costados y considerar que las denuncias son inventos de la oposición partidaria local y no están basadas en las convicciones de países con décadas de amistad con la Argentina como Paraguay, Uruguay, Estados Unidos o Israel. El Presidente prefirió escuchar los argumentos que compartieron el nuevo jefe de la AFI y el piloto iraní.

Y no la información de Inteligencia de países con la que se comparten datos sensibles a cada hora. Si no le cree el Presidente de la Nación al FBI, al Mossad o a la inteligencia paraguaya ¿Por qué la AFI sigue compartiendo información alegremente con esos organismos poco confiables? El Estado argentino, eso queda bien claro en la investigación judicial, dejó ir al avión y a sus tripulantes.

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Los cuales sólo fracasaron en su intento de irse porque empresas privadas argentinas mantuvieron su negativa a venderle combustible a la compañía Emtrasur y porque las autoridades aeronáuticas de Uruguay y de Paraguay le negaron permiso para aterrizar. El Estado argentino no tuvo nada que ver en principio con la detención del avión. Sólo intervino Migraciones cuando el avión regresó por la propia decisión del piloto iraní.

El cual aterrizó en el único país que le permitía aterrizar tomando en cuenta su autonomía de vuelo. Otra vez se impone una pregunta: si el avión regresó a Ezeiza por una circunstancia fortuita y ajena a cualquier intervención del Estado nacional ¿Por qué el Gobierno insiste entonces en decir que los funcionarios argentinos actuaron bien? Las fuentes que siguen la investigación judicial insisten en algo puntual.

Justamente, en que en el teléfono del piloto había imágenes que lo relacionan con la Guardia Revolucionaria Iraní, cuyo brazo internacional, Al Quds, está relacionado con el ataque a la AMIA. ¿Es posible que ese hombre cometa un error semejante? Hay que decir que su comportamiento no fue todo lo racional que se esperaría de un hombre dedicado a pilotar aviones.

Con cada detalle que se conoce, el escándalo gana profundidad y, sobre todo, una complejidad que aleja toda la historia de la excursión docente por los cielos del sur que imaginó el Gobierno desde el principio. Es probable, incluso, que a la Justicia le cueste dilucidar un episodio que, por lo que se vio hasta ahora, puede estar relacionado con mecanismos y estructuras del terrorismo internacional.