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El kirchnerismo quiere un país estancado, atrofiado y roto

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Cristina Kirchner - Alberto Fernández

Opinión. “Lo que nos dejó la semana

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En la semana que pasó, quedó claro que, gracias a las atrocidades cometidas por el kirchnerismo, Argentina es un país que viene transitando sus últimas décadas en un permanente estado de situaciones virulentas que han desembocado en el triste hecho de que con la democracia ya no se come, ni se educa ni se cura, echando por tierra la promesa hecha en su momento por Raúl Alfonsín.

En ese marco, cabe señalar que, solo desde la llegada de la democracia hemos tenido en nuestros bolsillos cinco monedas diferentes, iniciamos el período democrático con el “Peso argentino” que luego de quitarse tres ceros se convirtió, allá por 1985, en el “Austral” para siete años después transformarse finalmente en el “Peso” quién al nacer se encargó de sacarle a su antecesor otros cuatro ceros más.

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Luego, casi de manera imperceptible, con la crisis del 2001, pasamos de tener una moneda “convertible” a tener una moneda “no convertible”. En definitiva, durante casi cuatro décadas hemos convivido con cuatro monedas a las que les hemos quitado en total siete ceros y que hoy nadie la quiere en sus bolsillos. Resulta sorprendente que aún no logremos resolver nuestro dilema monetario.

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“Ley de Convertibilidad”

Incluso un sector de la sociedad parece creer que la soberanía nacional necesariamente implica contar una moneda local a pesar de los desastres que han ocasionado con ella. También hemos atravesado años de estabilidad (como aquellos que nos ofreció la “Ley de Convertibilidad” durante los años 90), tiempos de hiperinflación (como la de los años 1989 y 1990). Hasta llegar al presente.

Y es que, por culpa del kirchnerismo, años como los actuales donde tener un 50% de inflación anual nos parece absolutamente normal a pesar de ser junto con Venezuela y Sudán uno de los países con el mayor aumento de precios en el mundo. La pobreza ha sido otro de los temas que no hemos logrado resolver, hace varias décadas en Argentina no se conocía lo que significaba la indigencia. El kirchnerismo lo hizo.

Hoy hay 5 millones de personas que no logran alimentarse y unos 19 millones que viven debajo de la línea de pobreza. La peor de las imágenes es aquella que muestra una realidad mucha más dura, el 65% de los chicos en el país son pobres. Además, la zona más densamente poblada, conocida como el Conurbano Bonaerense, ostenta el triste logro de tener en sus habitantes más personas pobres que no pobres.

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el 65% de los chicos en el país son pobres

La pobreza infantil resulta un dato que habla mucho de nuestro futuro, chicos que hoy no se están alimentando bien, son aquellos que tampoco están en condiciones de educarse como corresponde, a pesar de ser ellos quienes dentro de algunos años tendrán la responsabilidad de hacer de este un país distinto. Si seguimos sin ocuparnos de este tema dentro de algunas décadas más, el piso de pobreza del que se hablará en la Argentina será del 65%.

Y lo peor de todo es que ya no habrá posibilidades de volver a inclinar la balanza hacia un futuro próspero y pujante. La pandemia ha dejado un millón de chicos que no han logrado regresar a las aulas, siendo este el nivel de deserción escolar más estrepitoso de la historia. Un país que solía ser la envidia del mundo en calidad educativa hoy no solo no logra que los chicos vayan a la escuela.

AULAS VACÍAS

Sino que además quienes logran terminar el secundario tienen serias dificultades para comprender textos y también para resolver ejercicios matemáticos básicos. El sindicalismo y la política tercermundistas han sido cómplices de este desastre educativo del que nos llevará décadas recuperarnos por culpa del kirchnerismo. Como dato adicional, de los chicos con menores recursos solo el 10% llega a poner un pie en la universidad.

Justamente, esa fue la noticia que se conoció en la semana que se esfumó para jamás retornar. Por otro lado, cabe recordar que la economía es la principal compañera del progreso. Nuestro país no solo ha sido un desastre en materia monetaria por obra y gracia del kirchnerismo, los desastres en esta materia se cuentan por varios. Todo a causa de la versión izquierdista que encarna el oficialismo nacional.

En ese sentido, se pueden contabilizar los despilfarros y desórdenes de las cuentas fiscales, la falta de planes económicos sostenibles y la falta de sentido común en materia tributaria y regulatoria que ha imperado a través de los años en la dirigencia argentina (al punto que el propio Presidente de la Nación ha manifestado que no cree en los planes económicos) han transformado a la Argentina en una tierra estancada desde hace más de 10 años.

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Presidente de la Nación Argentina, Alberto Fernández

Es decir, una caracterizada por la falta de creación de empleo genuino, sin nuevas empresas y prácticamente sin inversión privada. Solo un dato, el que nació junto con la democracia ha vivido unos 16 años en recesión, un 42% de su vida. En ese sentido, no queda otra que admitir que, por culpa del kirchnerismo, nos engañaron haciéndonos creer que con la democracia se come, se educa y se cura.

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Esto se dio, por el hecho de que no nos dijeron que eso solo ocurre únicamente cuando el trabajo, la inversión y el incentivo a la acción privada son prioridad. Pero el asunto es que el kirchnerismo vino a echar por tierra estas proclamas. Si dejamos que nos sigan engañando, terminarán quedándose con el futuro que alguna vez imaginamos tener y que hoy parece cada vez más inalcanzable.

En concreto, la Argentina se repite a sí misma. El menú del 2022, tercer año de la gestión de Alberto y Cristina Fernández, presenta las mismas discusiones, interrogantes y conflictos de siempre. ¿Cómo salir del pozo si quienes tienen la pala (los que toman las decisiones) siguen cavando en lugar de mirar para arriba? La palabra fetiche de la opinión pública en las primeras semanas del año es estancamiento.

Basta una mirada por arriba de los principales medios para encontrarla por todos lados, las negociaciones con el FMI están estancadas y la relación del Gobierno con la oposición también. Vivimos, en definitiva, en un país estancado, atrofiado, roto. Acordar con el Fondo Monetario Internacional estaba entre las prioridades máximas del kirchnerismo cuando volvió al poder en diciembre de 2019.

FMI
FMI

En un clima de optimismo generalizado, cuando Alberto aún proyectaba una imagen de moderación y una vocación de liderazgo que duraron lo que un suspiro, los dirigentes oficialistas señalaban a la negociación como el punto de inflexión para poner la maquinaria en marcha y volver al circuito financiero internacional, fundamental para un país que no crece hace una década.

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Dos años después de aquel verano, afirmar que la pandemia es la responsable del rumbo que tomó el Gobierno y del panorama desalentador que enfrenta la Argentina, reviste una ingenuidad garrafal. La imposibilidad fáctica, comprobable e indiscutible del Frente de Todos de trazar líneas de acción coherentes en materia económica, social, política, sanitaria, educativa y judicial es la razón de que este comienzo de año tenga un perfume demasiado similar al de otros.

Prestemos atención a los acontecimientos de la semana que se fue, vamos a encontrar una muestra por demás representativa del cuadro que estoy describiendo. A esta altura no quedan dudas de que la sociedad no está enojada por un hecho puntual, algún descuido o un error de cálculo circunstancial. Son los desatinos constantes los que explican la frustración generalizada.

El Gobierno avalando el régimen de Ortega y compartiendo acto con uno de los máximos responsables del atentado a la AMIA; Cafiero presentando las excusas del caso en EEUU mientras pide una mano en las negociaciones con el FMI; Guzmán pidiendo diálogo y suspendiendo reuniones con la oposición en la misma semana; sectores del oficialismo convocando a una marcha para pedir la renuncia de los jueces de la Corte Suprema.

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Daniel Capitanich junto al dictador Daniel Ortega

Y como si esto no fuera suficientemente vergonzante, también está la defensa inexplicable de Milagro Sala por parte de dos ministros del gabinete, que deciden hablar de persecución e injusticia cuando ha sido condenada por corrupción en los tribunales. No son pocos los dirigentes que ven una zona de confort en el pantano en que se ha convertido la discusión pública en Argentina.

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El ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro junto a la Ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad, Elizabeth Gómez Alcorta

Hay demasiados expertos en debates cíclicos y proyectos inconclusos que no quieren (ni saben cómo) interpretar el momento crucial que estamos atravesando. Esta es una bandera de alerta para toda la oposición, no pueden bajo ningún aspecto acostumbrarnos a la crítica cómoda; tienen que hacer valer nuestra fuerza y no resignarse a jugar en el terreno baldío que propone el Gobierno. Tienen que honrar los votos del 2021 con valentía, trabajo y claridad en el mensaje.

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