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Elecciones 2021: Democracia republicana o dictadura populista

Si el Gobierno elige como aliados a China, Rusia, Cuba o Venezuela, difícilmente quiera parecerse a los países democráticos

cristina kirchner blanco y negro

Durante la semana que pasó, la sociedad argentina pudo ser testigo de como el kirchnerismo acaba de chocar de frente contra una de sus obsesiones. Esa idea fija de relacionar a sus adversarios con la última dictadura argentina ha recorrido tanto camino que, gastada y percudida, se está desintegrando. En ese sentido, las protestas sucedidas en Cuba y la negación del Gobierno nacional a reconocerlo representa un círculo que parece cerrarse.

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Y es que el kirchnerismo usó tanto en su propio beneficio la condena a la dictadura que luego de un giro completo y de tanto apañar dictaduras amigas, termina añorando construir otra autocracia. La propia. Y es que la gente está cansada de los que mandan. Agotada de la hipocresía. Harta de sentirse reducida a la condición de sobreviviente que quiere hacer creer el Gobierno nacional.

En ese sentido, la pandemia, que resquebrajó las economías y nos desnudó en nuestra vulnerabilidad, quizá al mismo tiempo haya sembrado la semilla de un cambio de paradigma que empieza por una toma de conciencia de la necesidad de actuar, de intervenir, de restablecer los vasos comunicantes entre la vida privada y la pública. Solo así la administración de lo común dejará de ser el negocio de unos pocos.

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Los cuales, en su ambición, han ido edificando un sistema que pone en peligro no solo el derecho a una vida digna, sino también la supervivencia de la especie humana. En este marco, durante la semana que ya no volverá, quedó claro que Alberto Fernández afronta un doble proceso de desconfianza, tras alcanzar la Argentina las 100.000 muertes por coronavirus desde el arribo de la pandemia.

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Y es que alrededor del 56% de la población desconfía acerca de la posibilidad de que su gobierno pueda resolver la crisis sanitaria y la mitad tiene pocas o ninguna esperanza en que pueda terminar el esquema de vacunación con la segunda dosis. Sin embargo, el mayor problema que enfrenta es que nada menos que el 61,8% no confía en que las actuales autoridades nacionales sean capaces de solucionar la crisis económica.

Lo que está claro es que en las próximas elecciones legislativas, la gente votará si valida o no el rumbo del actual gobierno. Y si más del 60% de la población está desconfiando de su capacidad para resolver la crisis económica, este debería ser claramente el eje de la oposición en la campaña electoral. De modo que la economía prevalecerá en la decisión del voto para la mitad del electorado.

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Además, cabe mencionar que en todas las encuestas realizadas en los últimos días, alrededor del 60% de la opinión pública percibe que la situación económica estará peor o mucho peor que hoy en los próximos meses, al tiempo que el 60,7% de la población general declara que ha tenido que endeudarse para afrontar gastos cotidianos que antes podía solventar con sus ingresos habituales.

Para colmo, el actual gobierno nacional, no sólo no puede contestarle al Fondo Monetario Internacional cuál es su plan económico, tampoco puede contestárselo a los argentinos. Más que un plan de futuro, parecen tener un plan de poder que deja a los argentinos más impotentes. Un plan de poder en el que vale todo cuando lo hacen ellos y al enemigo, ni siquiera la ley.

En ese sentido, la pobreza llega a niveles inmorales y la única solución que ofrecen es poner cepos que no tienen resultados y sólo sirven para bravuconadas ideológicas. No hay ni un atisbo de salida productiva real y sólo un Estado que parece una aspiradora de lo poco que queda en pie de la actividad privada para hacer asistencialismo entre los pobres que crean en vez de promover el trabajo.

Argentina no puede ofrecer certeza ni del valor de los alimentos de un mes para el otro. Más que economía parecemos una des-economía. Hoy por hoy, nuestro país está sumido en una tensión sistémica. La certeza de qué sistema nos gobierna llega por ahora a las próximas elecciones. Así de dramático. Estamos ante un oficialismo que si lograra las bancas necesarias terminaría con la división de poderes, es decir, con la república.

El futuro que anhelan los que compran un pasaje sólo de ida también podría estar acá, pero es muy difícil proyectarse hacia ese futuro si las propias reglas de nuestra convivencia son asediadas desde adentro. Ese es el limbo en el que estamos atrapados, democracia republicana o dictadura populista. Si el Gobierno elige como aliados a China, Rusia, Cuba o Venezuela, difícilmente quiera parecerse a los países que son democracias.

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Pero sin adentrarse todavía en el futuro próximo, está claro que cruzar la barrera de los 100.000 decesos marcó la semana política. Es un número redondo y contundente que expresa el irremontable sufrimiento de miles de vidas, por la pérdida de seres queridos, pero también el fracaso de una gestión cuya líder real, es decir, la vicepresidenta multi procesada por corrupción, volvió a irrumpir en escena.

Y es que, para colmo, Cristina Kirchner apareció ante la Justicia en una suerte de encendida cadena nacional en la que, en orden a alegar por la nulidad de la causa del memorándum con Irán, vuelve a arremeter contra el ex Presidente, jueces, fiscales y los medios hegemónicos a los que acusa de armar el lawfare que le quita el sueño. Histriónica hasta la exasperación, sin abandonar el tono imperativo.

En ese marco, Cristina Kirchner se colocó al borde de las lágrimas impulsada por la indignación que le causa la afrenta a la que dice haber sido sometida. Esto ocurre casi en simultáneo con la conmemoración de un nuevo aniversario del atentado a la AMIA. A 27 años del ataque que se llevó la vida de 85 personas. Ella llora en Tribunales su condición de víctima. Los familiares lloran por sus muertos y la impunidad.

El sentido de la oportunidad y la empatía no es lo que destaca a nuestra dirigencia que irrumpe con sus preocupaciones narcisistas en los momentos menos adecuados desnudando el desbordante egoísmo que suele dominarlos. En ese marco, los números de la pandemia no ayudan y los de la economía tampoco. El índice de inflación de junio alcanzó el 3,2%, llevando la suba al 50% en el último año. El 25,3% en el primer semestre.

El 29% previsto por el ministro Guzmán en el presupuesto ya fue. El incremento del precio de la carne escaló al 5,1%. Los lácteos, cereales y hierbas, productos absolutamente básicos marcaron todos por encima del 3,2%. El incremento anual del precio de los alimentos es del 53,2%. La única verdad es la realidad. Y la dura realidad del día a día se mide en las góndolas de los supermercados.

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Lo cierto es que cada semana avanzamos un paso más por ese camino que va a contramano del mundo. A cada instante intentan que Argentina se adentre en un escenario sin retorno, plagado de pobreza, subdesarrollo y falta de justicia. Se cuestiona a empresarios e inversionistas, se defienden las mafias sindicales y las leyes laborales que no sirven ni a unos ni a otros. Se relativizan derechos como la propiedad privada o la vida.

Se garantiza la libertad a muchos que deberían estar presos. Defienden la dádiva y el plan social, ya ni siquiera como una mera cuestión asistencialista sino como una poderosa máquina electoral. Defienden el régimen castrista en Cuba, el chavismo en Venezuela y la dictadura en Nicaragua. Se quedan con vacunas para los amigos para tiempo después intentar resolverlo todo simplemente echándoles la culpa de todo a la oposición.

Esta semana anunciaron un bono para todos los pasivos que cobren menos de dos haberes mínimos. El costo fiscal será de 30.000 millones de pesos. El ahorro que tuvo el fisco por el cambio en la ley de movilidad jubilatoria durante este primer semestre rozó los 230.000 millones de pesos. Les quitaron el equivalente a 38.000 pesos, les devuelven 5.000 pesos aun pretendiendo el aplauso y la sumisión. Esto es el populismo.

Todo lo que no pueden resolver lo prohíben, lo restringen o lo transforman en enemigo. Por desgracia cada vez demuestran que no están para resolver. Por suerte, no hay verdad más allá de la verdad misma. Lo que debe entenderse es que debemos revelarnos al desprecio que significaría el triunfo del kirchnerismo para la política, al entronizar su envilecimiento y degradación.

En definitiva, lo que está en juego, en última instancia, no es sólo nuestra, democracia y libertad, sino también si los argentinos vamos, de modo inerte, a defeccionar con inmovilismo ratificando esta forma degradada de concebir y ejercer la política, o vamos a comenzar un proceso de revitalización y resignificación de la política. Esta no es una elección más, los argentinos nos jugamos la democracia, la política y la libertad. Del voto de los argentinos en las próximas elecciones depende el destino del país.

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