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La fortuna de Máximo K y la hipocresía del kirchnerismo

Vamos a hablar hoy un poquito de Máximo Kirchner, o más bien de la paradoja de los progres argentinos, que tienen como líder a Máximo Kirchner, quien acaba de declarar una fortuna de 292 millones de pesos.

En su épica contra los privilegios, los progres K atacan al mérito... pero su líder es un nene de papá y mamá

Y para plantear el tema que me interesa hay que retomar la cuestión del mérito, de la que hemos hablado varias veces. Al menos en los papeles, muchos estamos de acuerdo con que los beneficios, los ingresos, los reconocimientos que recibe cada uno deberían ser proporcionales al esfuerzo, a la persistencia y a los talentos de cada quién.

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Por supuesto, hay un gran problema con esa idea: no todas las personas tienen el mismo punto de partida. Hay una desigualdad de origen. Por lo tanto, a veces, lo que parece como resultado del mérito es más que nada la consecuencia de algún tipo de privilegio. Es más fácil ser abanderado de la Universidad Nacional de Córdoba si tus padres ya eran profesionales que si naciste en una villa miseria. No hay dudas.

Por eso, las sociedades democráticas y que quieren el progreso buscan igualar las oportunidades, para que el punto de partida de todas las personas sea lo más parecido posible y entonces el mérito no se construya sobre una injusticia, sobre una apariencia de igualdad. Por eso queremos una educación pública y abierta a todos o un sistema de salud que sea más o menos accesible a todas las personas.

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Pero resulta que, machacando sobre ese problema, apareció el progresismo kirchnerista argento tirando por la borda la idea misma del mérito y el esfuerzo. Lo consideran solamente injusticia. Puro privilegio. Expresión del individualismo y la avaricia. Y quieren eliminarlo como valor social, aunque no explican bien con qué valor lo reemplazarían.

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Y eso es como tirar el agua sucia de la bañera junto con el bebé que acabamos de bañar. El mensaje que queda es que el esfuerzo y el mérito no sirven de nada y deben ser desterrados como principios organizadores de la sociedad. Esa idea es peligrosa, porque nos desalienta a esforzarnos. Y es más jodida aún para los menos afortunados, que lo único que tienen es su propio esfuerzo.

El propio presidente Alberto Fernández, que debe mostrar obediencia a las consignas de la presunta intelectualidad del Instituto Patria, dijo hace unas semanas que el mérito no es lo que nos hace mejores, lo que nos hace evolucionar.

Bueno, eso piensan los cerebros que van formateando el discurso progre de la Argentina y que controlan el sistema de enseñanza y buena parte del aparato cultural, artístico y mediático. Y están construyendo con eso un pensamiento hegemónico.

¿Algo propio no tenés?

Ahora, hay algo muy extraño, que no cierra. Toda esa militancia está encolumnada en el kirchnerismo y reconoce como uno de sus líderes a Máximo Kirchner. Es más: hoy Máximo es uno de los anotados para la carrera presidencial 2023.

Y acá hay una paradoja mayúscula. Quienes rechazan el mérito porque lo consideran una mera pantalla del privilegio tienen como líder político a un millonario que es el resultado del puro privilegio.

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Es más: Máximo tiene muy pocos méritos pese a tener tantos privilegios. Por ejemplo, siendo hijo de dos presidentes, de una familia de fuertes recursos económicos, políticos, sociales y simbólicos, podría ser un estudioso destacado en algo, haber invertido recursos familiares en crear una empresa que generara empleos y riqueza, algo de eso. Pero no: tanto privilegio no se tradujo en nada: Máximo ni siquiera tiene estudios universitarios.

Con 43 años, Máximo no tuvo nunca un trabajo independiente de la gestión del patrimonio familiar, flanqueado eso sí por los contadores que siempre fueron los laderos de su padre. Sus 292 millones, sus 26 propiedades, sus tres empresas, sus 2,85 millones de dólares cash declarados ante la Oficina Anticorrupción, son todos heredados.

“Hijo: algún día toda esta Cámpora será tuya”

Pero sus millones son sólo su herencia económica. Máximo es sobre todo un heredero político. El papá le armó La Cámpora usando los recursos presupuestarios del Estado en 2006, cuando él tenía 29 años y nadie sabía todavía nada de él.

Y su mamá lo puso primero en la lista de diputados de Santa Cruz en 2015 y el año pasado en la de Buenos Aires.

Con la asunción de Alberto Fernández, su puesto en la línea sucesoria familiar le aseguró la jefatura de los diputados peronistas (que ejerce él), un ministerio nacional (el del Interior) y las inmensas cajas financieras y agencias de colocación de ñoquis y militantes en todo el país que son el Pami y la Anses.

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Así es fácil ser líder político

Claro, con el tiempo hoy está lleno de gente que lo ha conocido y dice que Máximo “no es ningún tonto”. También… lo único que faltaba… Que con semejante inversión en dinero público y familiar, con tanta inversión de poder que hizo en él su madre, Máximo fuera un tonto. Aunque sea por ósmosis, por tantos años de ver a su padre rosquear y a su madre mandar, alguna habilidad se le tiene que haber pegado. Y, si no, para eso están los asesores, que se contratan cuando a uno le sobra la plata, ya sea de la familia o la del Estado que dirigen los subalternos.

Tremenda paradoja la de las patrullas perdidas del progresismo K, que más que progres parecen cortesanos de las monarquías de sangre o fanáticos del señor feudal que los mantiene. Han emprendido una cruzada contra el valor del mérito capitaneados por un nene de papá, un millonario poderoso cuyo único mérito es la portación de apellido y la riqueza por herencia.

FuenteTribuna de Periodistas
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