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La intolerancia es lo contrario a la democracia

El papel del Gobierno en el ataque al periodismo independiente

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El respeto al que piensa distinto es, en cambio, su esencia. Y la convivencia en la diversidad, es su orden pacífico y armónico, que discurre como un contrato implícito en la voluntad colectiva de paz social. Convivir, “vivir con”, no es vivir contra. Los argentinos hemos elegido ese camino desde 1983 aunque también hemos aprendido que debe sustentarse todos los días.

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Que aún bajo el amparo de la Constitución y las leyes, el Estado de derecho se ve asediado incluso desde el poder. Pero en cada oportunidad en que mayoritariamente asistimos a las urnas para ejercer nuestro poder de elegir como ciudadanos, renovamos esa decisión de convivencia aceptando la decisión de las mayorías, pero sin que eso sofoque o disminuya ningún derecho de las minorías.


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Ese es el orden cívico cuyos vínculos ocurren en el ámbito de las ideas expresadas libremente a través de la prensa, mediante la discusión institucional de los legisladores, la comunicación pública de los gobiernos, el intercambio horizontal en las redes o el cumplimiento de las leyes y la justa sanción de su contravención. En medio de una crisis durísima como la que atravesamos con el drama social intolerable de casi medio país sumido en la pobreza, los argentinos arbitraron su voluntad de cambio o continuidad mediante el voto, no mediante la violencia.

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Por eso, en este contexto y nueve días después de las elecciones legislativas, el ataque con bombas molotov a las instalaciones del diario Clarín es un ataque a esa decisión de vida conjunta, un ataque a la democracia. Los que encapuchados y bajo la cobardía de las sombras buscan sembrar violencia y confusión merecen el repudio absoluto de la sociedad toda. La sociedad también es agredida en la agresión a un medio de comunicación.

Un ataque a un medio periodístico o a un periodista es un ataque al derecho de cada argentino a estar informado. La condena unánime desde la más alta autoridad del país pasando por todo el arco político y el llamado conjunto a que la justicia actúe con todo el imperio de la ley constituyen en estas horas una confluencia esperanzadora. Los que no condenan la violencia son sus cómplices por silencio y omisión.

Si bien es cierto que el Presidente condenó la violencia contra Clarín y que la Vicepresidenta compartió un hilo de Twitter en que La Cámpora repudia el ataque, cabe recordar que en varias oportunidades durante la campaña y antes también se escuchó a dirigentes oficialistas de las más altas jerarquías atacar a los medios. Ese tipo de mensaje no propicia la tolerancia. El Presidente no sólo se quejó de la crítica, sino que descalificó en forma personal a varios periodistas.

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La vicepresidenta Cristina Kirchner recientemente llegó a afirmar que los medios “amargan, ponen histéricos, nerviosos y mal a los argentinos”. Su hijo Máximo en ocasión de un ataque a tiros a un legislador correntino dijo que el periodismo “genera este caldo de cultivo” y el intendente Mario Ishii llamó directamente a un levantamiento contra los medios. Sólo por dar algunos ejemplos.

Es auspicioso que el Gobierno haya condenado la violencia contra Clarín, pero es imperioso que cese todo mensaje que desde el poder pueda promover la intolerancia u hostilidad contra el periodismo. Sin periodismo no hay democracia. No por un privilegio de los periodistas sino por su misión de informar a los ciudadanos sobre el poder, de ejercer la crítica, de dar voz a los protagonistas de la realidad.

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