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La miserable dirigencia política

El pueblo es el único capaz de cambiar el futuro de nuestro país en las próximas elecciones, de lo contrario, la suerte está echada en la Argentina

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La semana que pasó para ya no volver fue la primera desde que se oficializaron las listas de candidatos a presentarse a las PASO en septiembre. En ese sentido, lejos de significar esto un paréntesis en lo que hace a la confrontación política, la esperada definición de las candidaturas no hizo más que avivar el juego de los enfrentamientos y con ello la decadencia de la clase política en medio de una crisis económica y social que será el telón de fondo de las votaciones.

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En ese sentido, empieza la campaña electoral y al Gobierno le sobran adversidades. El rigor de la recesión, el rebrote inflacionario que sigue carcomiendo los ingresos, el peso cada vez más insoportable del empobrecimiento, la inseguridad como factor crónico de inquietud y el extendido desasosiego que provoca no ver el final de la pandemia. A ese cuadro, el peronismo reunificado que lidera el kirchnerismo agregó una serie de errores y despistes ideológicos.

Los cuales pondrían a cualquier oficialismo en serios problemas. La lista es amplia y figuran en ella la pobreza técnica de la gestión, la renuncia a afrontar soluciones de fondo, el recurrente uso de recetas que ya fracasaron, la renovada preferencia por buscar y encontrar amigos en regímenes autocráticos y la persistencia en dividir al país político en aliados y enemigos. El Gobierno busca remedios para garantizarse un triunfo en los dos turnos electorales que vienen.

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Si alguien tiene que defender lo que tiene es quien se apresta a ser juzgado en comicios de medio término; por definición, un plebiscito. Las apuestas del oficialismo no tienen, sin embargo, el tamaño de la esperanza que empezó a insinuarse fuera de sus dominios. Alberto Fernández y Cristina Kirchner cerraron filas para mostrarse más unidos de lo que están y más coincidentes de lo que son y, como ritual repetido, repiten una vieja consigna.

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Y es que el kirchnerismo trata de exponer a Mauricio Macri como el causante de los males de hoy, de ayer y de siempre. De hecho, justamente es lo mismo que hizo el ex presidente con Cristina Kirchner durante sus días en la Casa Rosada. Pero, además, hay un elemento que no estaba incluido en el menú del Gobierno nacional, que podría resultar una solución para sus desgracias en potencia.

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Juntos por el Cambio acaba de poner su enfrentamiento interno al servicio de las chances de los candidatos de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner. Juntos por el Cambio tendrá elecciones primarias en casi todas las provincias y en los ocho distritos electorales más grandes. Solo pudo evitar confrontar en Mendoza. El enfrentamiento interno se dará hasta donde siempre fue más fuerte, como Capital Federal y Córdoba, pero también en la enorme provincia de Buenos Aires.

En el pasado, las PASO fueron una solución para ordenar y distribuir roles en el armado original de Cambiemos. El radicalismo habilitó ese camino para reconocer a Macri como líder del espacio y subordinarse a Pro como fuerza emergente. Pero ahora la UCR reclama un espacio más amplio y cruzó al Pro con postulantes propios o, como sucedió en Córdoba y Santa Fe, se enredó en internas propias y ajenas.

El comienzo de la campaña hacia las PASO de Juntos por el Cambio llena de felicidad al Gobierno y alimenta su optimismo. Y es que, si los choques iniciales escalan, la oposición ofrecerá el inexplicable espectáculo de la desconexión con una realidad angustiante. Un intercambio de chicanas y golpes bajos habita el espacio en el que los dirigentes de Juntos por el Cambio tienen la chance de ofrecerse como un freno y una alternativa seria al kirchnerismo.

En ese marco, cabe destacar que una cosa es confrontar ideas y dirigentes dentro de ciertas reglas que den la sensación de que se trata de un mismo espacio en busca de un discurso definitivo; otra muy diferente es desatar una pelea inoportuna, fuera de tiempo y espacio. Es por ello que cabe preguntarse: ¿Acaso es consciente la oposición de lo que está en juego en las elecciones de este año?

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El gobierno encabezado por el presidente Alberto Fernández se refirió desde los inicios con descarado triunfalismo sobre el presunto resultado comparativo de sus decisiones sanitario-políticas. Los datos hoy a la vista lo desmienten: el número de muertos por millón de habitantes o la gestión de las vacunas no dejan lugar a dudas de que no eran ciertos los planteos esperanzadores que se nos pintaban en filminas con gráficos incluidos y dictado profesoral.

En esa línea, los resultados hoy en día nos colocan en un ranking poco feliz y circunstancias que se hubieran podido evitar. Suele suceder cuando los decisores se encierran en marcos conceptuales que les impiden ver mejores opciones. La ideología suele, en paralelo, suplantar a la razón. Ahora nos quedan evidentes las motivaciones ideológicas que tiñeron la gestión de las vacunas.

Pero también su intención de utilización política por parte del gobierno para obtener el favor de la provisión de vacunas necesaria para proteger adecuadamente a nuestra población, con dos dosis como debe ser y sin parches resolutivos, cuya cobertura alcanza hoy a solo el 13% de la población. Y además, resulta claro que las decisiones impidieron que niños con comorbilidades accedieran a las únicas vacunas aprobadas hasta el momento para su aplicación en este grupo.

Y más de 6 millones de vacunados con una dosis están a la espera de la segunda, 1,8 millones de ellos con los plazos de inoculación vencidos. Es por ello que cabe preguntarse entonces: ¿Cuántos argentinos han muerto como consecuencia de no haber contado con una cobertura que le provea una inmunización adecuada? Por supuesto que no se trata más que de un cálculo contra fáctico.

Sin embargo, resulta inevitable suponer que una mala gestión de las vacunas, contaminada por una ideología que suplantó a la razón, privó a muchos de mejores condiciones para enfrentar el flagelo de la pandemia. El vacunatorio VIP y otras desprolijidades conocidas en este trayecto, quedan en rezago frente a la confirmación que somos víctimas de un gobierno capaz de poner en riesgo hasta la vida de sus conciudadanos.

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Y todo solamente para hacer valer a cualquier costo sus preferencias ideológicas. Su militancia delirante nos deja en el triste lugar que estamos, sin salud, ni economía y con demasiados muertos. Por su retrógrada ideología, que, si se trata de geopolítica, no nos hace jugar con los mejores. Y, si se trata de nuestra gente, cargamos con los peores y lamentables resultados. Y es que la gestión de este gobierno nacional es un proceso de autodestrucción que asombra en el mundo.

Ha provocado a toda velocidad 700 mil pérdidas de empleo privado, más de 100.000 muertos por la pandemia, empobrecimiento galopante y el escepticismo que se extiende como una mancha cada día. La violencia, el delito, es cada vez más carnicero y en crecimiento. Las instituciones, débiles, se mantienen como pueden. La economía real y la macro confluyen sin comunicarse en que cualquier forma de construir llevará muchos años.

Lo peor del caso es que las ideas creativas en política no aparecen por ninguna parte. Mucha gente joven piensa en irse, en una decisión muy jugada y difícil, pero con derecho a hacerlo o a imaginarlo en algún momento. Y en ningún momento se exhorta a permanecer. Cuidado. Es raro. Provoca sensaciones parecidas a tratar de ver qué ocurre detrás de un vidrio oscuro. ¿Cómo no advertir que tenemos un problema de futuro?

La educación no tiene en apariencia ninguna importancia. En dos años, apenas hubo clases. Los potentes gremios y el Estado “militaron” el cierre. La producción agroalimentaria, ejemplar y recurso esencial por el ingreso de divisas, obstaculizada. En definitiva, aunque sin un factor para enamorarse de las propuestas o de las caras que emergen, se votará. A los ponchazos, es una democracia. Tal vez la única lucecita en ayuda del problema de futuro. El resto es silencio.

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