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Los días más dramáticos de Cristina Kirchner: buscan un contacto directo con Mauricio Macri

Hay misterio por los movimientos de la vice. Wado de Pedro se puso al frente de la convocatoria a la oposición y La Cámpora se molestó con Alberto. Un dirigente llamó al líder del PRO. Visita de Aníbal Fernández al despacho de la vice.

cristina kirchner, al salir de su casa
Cristina Kirchner, al salir de su casa, días atrás, rodeada de custodios. Foto: Fernando de la Orden
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El viernes, a las 14.15, en el celular de Mauricio Macri ingresó un llamado procedente de un celular que no tenía registrado. El ex presidente no atendió. Dos minutos más tarde, desde ese mismo teléfono le enviaron un mensaje por WhatsApp. El mensaje decía:

“Hola, presidente Macri, soy Eduardo Valdés, lo llamé personalmente a este celular para repudiar las amenazas hacia su persona vía trolls de odio. Ojalá que nos animemos a escucharnos y a parar este momento de violencia. Derribemos muros, construyamos puentes”.

El diputado Valdés es un viejo amigo de Alberto Fernández y, a la vez, un confidente de Cristina Kirchner. Nunca se sabe del todo bien, cuando habla, qué orilla de la coalición está representando. Macri, al menos hasta anoche, no le había contestado el llamado. Alguien apeló a una relación con Patricia Bullrich que data de los años setenta para hacérselo saber. Junto al mensaje, Bullrich recibió los tuits de repudio a las amenazas a Macri del primer mandatario, de Eduardo de Pedro y del propio Valdés. “Yo le voy a reenviar todo a Mauricio, besos”, respondió, cordial pero cortante, la jefa formal del PRO.

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Nadie en el kirchnerismo, sin embargo, quiso hablar con Bullrich para tratar de sumarla directamente al ensayo de convocatoria al diálogo que el Gobierno -o una parte del Gobierno, para ser precisos- impulsó desde el inicio de la semana a través de Eduardo De Pedro, el ministro del Interior. Consideran que Bullrich es la más intransigente, por encima de Macri. Con el padre de Cambiemos transitan días de extrañas sensaciones: Cristina se sorprendió y celebró cuando le contaron que había sido uno de los primeros en repudiar el atentado y en pedir por su esclarecimiento.

Desde entonces, sobrevuela cierta fantasía de que un diálogo con él -o a instancias de él- puede ser posible para bajar la tensión política. Quizá sea una momentánea pérdida de la razón o los sentidos, propia de estos días turbulentos, pero es lo que se recoge. Nunca había ocurrido.

Macri arribó el jueves a la Argentina de un efímero viaje por Ruanda, donde estuvo para cumplir actividades como titular de la Fundación FIFA. Tenía decenas de audios y textos sin verificar. Su Iphone podría albergar mensajes similares al de Valdés.

“Algo hay. Nos dimos cuenta de que en la oposición todo depende de él. Antes queríamos hablar con Larreta porque nos parecía el más razonable, pero ahora sabemos que no tiene sentido porque no es el que manda”, dicen dirigentes del oficialismo que, tras los fallidos disparos de Fernando Sabag Montiel en Recoleta, buscan replantear las reglas de convivencia.

El jefe de Gobierno no quiere ni que le suene el teléfono. ¿Cómo explicaría que no quiere atender cuando se vanagloria de ser un promotor del diálogo? Son dilemas que hace un tiempo no tenía y que ahora lo persiguen porque el fuego interno no cesa. Pronto, aunque él no lo quiera, su celular podría activarse con un llamado desde la Casa Rosada.

La movida oficial no está exenta de especulaciones, algunas demasiado evidentes (la dupla presidencial no para de caer en el tobogán de consideración pública) y otras no tanto. Es, al cabo, el kirchnerismo de siempre, el que de tanto en tanto cuando emerge una crisis y se estremece por el clima social se desvive por abrazar a los ajenos con la fuerza de un oso. Ahora amaga con pacificar el diálogo democrático y, al mismo tiempo, amenaza con impulsar una “Ley contra el odio”, que algunos ya comparan con una norma que se impone en Venezuela y que el régimen de Maduro sancionó para amordazar a opositores, periodistas o simples ciudadanos que protestan contra el funcionamiento de los servicios públicos.

Sergio Massa, en Estados Unidos, puso el grito en el cielo. Dejen de ayudar, pareció decir, en una semana en la que el dólar soja le deparó las primeras señales de calma -aunque más no sean fugaces- al Ministerio de Economía. Su segundo, Gabriel Rubinstein, sigue en penitencia y está molesto. Le tienen prohibido hablar.

En la Casa Rosada negaron que exista un proyecto de “regulación de las conductas”, pero José Mayans -el jefe de senadores del Frente de Todos, otro confidente de Cristina- reveló que sí había hablado del tema con Fernández y hasta se difundió una foto de ambos en el despacho presidencial. Mayans no fue el único que llegó con una propuesta de esa naturaleza. También lo hizo, entre otros, el antropólogo y asesor de Alberto, Alejandro Grimson, que le planteó los beneficios de tomar distancia del modelo de Estados Unidos y le pidió que estudiara las legislaciones europeas.

La convocatoria al diálogo la lideró “Wado” De Pedro, uno de los dirigentes que más habla con la vicepresidenta y que, desde el ataque en Recoleta, puso su campo familiar en Mercedes a su disposición. Los resultados, hasta ahora, fueron bastante pobres. En La Cámpora dicen que hubo resistencia de la oposición, pero sostienen que las conversaciones se trabaron por un boicot del propio Fernández, que, en palabras de su portavoz, Gabriela Cerruti, intentó bajarle el precio a las pocas horas de que trascendió la noticia.

Tampoco ayudó que, mientras Wado diseñaba su estrategia, la titular del INADI, Victoria Donda, haya irrumpido con una columna en Infobae para escribir que “las armas de los odiadores las cargan los Macri, las Bullrich, los Milei, las Granata y los López Murphy”. Los opositores exigieron su renuncia. Hay que reconocerle a Donda que al menos evitó incluir en la lista a “los Prat-Gay”: le hubiera sido complicado explicar su voltereta, después de haber hecho campaña con Alfonso en las playas, en tiempos en los que se horrorizaba con la corrupción kirchnerista.

Ese combo de irrupciones mediáticas hizo que tambaleara el plan de De Pedro. Las dudas iniciales de los integrantes de Juntos por el Cambio se fueron despejando cuando Mayans declaró: “¿Queremos paz social? Bueno, que se pare el juicio contra Cristina”. Axel Kicillof no se quedó atrás: culpó al fiscal Diego Luciani por la nueva fase de conflicto.

Los referentes opositores que fueron contactados por De Pedro se lo hicieron saber. “Si no callan a estos personajes ¿cómo nos vamos a sentar a dialogar?”, dijo uno de ellos. De Pedro sostiene que él seguirá trabajando en la misma dirección. En los próximos días podría haber novedades.

—Incluso, me gustaría sentarme con Lilita —le dijo el martes a Juan López, el diputado de la Coalición Cívica, en una conversación telefónica que duró unos 20 minutos.

—¿Con Carrió? ¿Pero vos la irías a ver?—preguntó López, como si no pudiera creerlo.

—Sí, claro que iría a verla —dijo De Pedro.

Otro que le atendió el teléfono al ministro fue Gerardo Morales, el gobernador de Jujuy. Hablaron tres días seguidos. El martes y el miércoles por teléfono y el jueves cara a cara, en Chaco. Wado no pudo convencerlo de que se sumara a la misa en Luján. Tampoco lo logró con Facundo Manes, que se excusó por problemas de agenda. A Margarita Stolbizer la contactó Cristina Álvarez Rodríguez y también dijo que no.

De Pedro venía hablando seguido con otro opositor aficionado al diálogo, el peronista Emilio Monzó, principal armador de Cambiemos en 2015 y hoy enemistado con Macri. Monzó es mirado de reojo tanto por Larreta como Bullrich, que lo quieren sumar a sus campañas. Pero el diputado se niega a formar parte si no se piensa en una construcción más amplia, que no privilegie los extremos y que se base en la moderación. “No me vengan a buscar para matar al gorila”, les ha dicho.

Se dijo que Martín Lousteau había sido convocado. No es cierto, aunque el senador está preocupado por el clima político y por el rumbo de la economía y observa con desolación algunas actitudes de sus compañeros de Juntos por el Cambio. Estaba en Estados Unidos cuando le informaron del atentado a Cristina. No dudó en contactarse con Máximo Kirchner. “Me acabo de enterar, un abrazo para vos y para la familia”, le escribió. Máximo le respondió con asombro: “Se agradece, la verdad, son pocos los que me escribieron”. Otro radical, Emiliano Yacobitti, se plegó. Máximo le agradeció. Yacobitti, a su vez, fue contactado por De Pedro. No hubo avances, pero podrían retomar la charla.

El intento de asesinato contra la líder del Frente de Todos está camino a esclarecerse. Pero el pase de facturas por la cadena de negligencias previas y posteriores al hecho continúa. A Cristina le cambiaron algunos custodios y se reforzaron los operativos cuando se mueve. Su destino por las noches se ha convertido en un misterio. Y las visitas durante el día a su despacho se redujeron. Quienes concurren deben pasar antes un severo filtro de custodios. La puerta de su despacho ya no permanece abierta nunca.

El jueves, a las 5 de la tarde, allí hubo un movimiento fuerte. Entraban y salían custodios. “¿Quién viene?”, preguntó un asesor del Senado. Acaso no lo esperaban: era Aníbal Fernández. El ministro de Seguridad está en el ojo del huracán. En la semana le ofreció la renuncia al Presidente. Alberto se la rechazó en un instante. Con Cristina habló una hora. Luego, se alejó serio y apurado.