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Un presidente atrincherado, mientras muchos arman a Massa

El terror al vacío suele llenarse de soluciones impensadas, o insólitas, mientras Alberto Fernández resiste abrazado a su ministro Martín Guzmán

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Alberto Fernández, Martín Guzmán y Sergio Massa- Alfredo Sábat
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Opinión:

La situación se advierte tan crítica que lo que hace unos meses podía resultar inverosímil (si no absurdo) es ahora la solución que impulsa hasta gente sensata y la apuesta de personas cercanas al Presidente (no él) y de otras que están en sus antípodas, dentro y fuera de la colisión de Gobierno.

Sergio Massa es por estas horas el dirigente al que funcionarios y referentes de las distintas alas del FDT, economistas, empresarios y hasta algunos opositores ven como una figura capaz de devolverle al Gobierno, con su ingreso, algo de la confianza dilapidada, especialmente en materia económica y financiera. A pesar de que el tigrense continúa teniendo la desconfianza de la sociedad como su gran pasivo, su imagen negativa sigue siendo ampliamente superior a la positiva y él ni siquiera es economista. Algo más que paradojas de la política. El terror al vacío suele llenarse de soluciones impensadas. O insólitas.

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Alberto Fernández, en tanto, resiste atrincherado en su despacho, abrazado a su ministro de Economía, Martín Guzmán. Tan ajeno a esas presiones y expresiones como a la percepción mayoritaria de que se está ante una grave crisis en proceso de aceleración, de incierto desenlace y en un más incierto plazo. Como si viera y viviera otra realidad.

El Presidente y poco más que un cuarteto de integrantes de su mesa de luz (ni siquiera todos) desechan hoy enfáticamente la posibilidad de cambios inminentes y, sobre todo, la posibilidad de que Massa se sume la gestión para hacerse cargo de un super ministerio de Economía.

Ese plan adquirió en los últimos días la fuerza que nunca había tenido desde que el massismo lo empezó a instalar hace casi un año, cuando las tratativas con el FMI habían ingresado en zona de riesgo. Tan fuerte es la aceleración que ahora desde el massismo se preocupan por negar que se preparan para un asalto al Palacio (de Hacienda). Un cambio radical de posiciones y perspectivas que solo Fernández y Massa pueden gestar.

Las relaciones del presidente de Diputados con el establishment, la preservación de la relación con los dos lados de la grieta frentetodista, su infatigable capacidad de trabajo y su indisimulable audacia son activos que pocos encuentran en la fracturada alianza oficialista y le dan un valor capaz de atemperar la predisposición al sobregiro y otras debilidades de Massa.

Pero en el massismo buscan salir de los focos, sabiendo que en este gobierno todo lo que se pueda procrastinar será procrastinado y lo que no, también. Es la ley suprema albertista. Lo que surge de la Casa Rosada lo confirma.

“No hay que esperar ningún cambio en el corto plazo. La presión para sacarlo a Martín [Guzmán] es una operación tardía. Estaba pensada bajo la premisa de que no iba a lograr renovar toda la deuda en pesos que se vencía en estos días y que habría una corrida cambiaria. Pero se renovó todo y con las medidas del lunes no solo se paró la fuga sino que empezaron a recomponer las reservas, que ya están en los niveles de mayo. Aunque es cierto que es un hipercepo que va a afectar las importaciones”, explica y reconoce uno de los funcionarios que permanece más cerca del Presidente. Son los argumentos a los que se aferra Fernández para no cambiar su equipo y sus políticas. No ahora.

Sin embargo, no pueden negar en el Gobierno que la renovación de la deuda fue lograda al filo del tobogán, merced a las febriles gestiones de Guzmán, que en algunos casos podrían haberse confundido con planteos cuasi extorsivos sino fuera por la actitud comprensiva de algunos acreedores con las urgencias del Gobierno y por los modos serenos del ministro, aún en la desesperación. Aunque cada vez más la actitud impertérrita de Guzmán empieza a no ser vista como un activo. Igual que su falta de experiencia para gestionar crisis. Es parte de lo que lo pone en la mira, además de presuntas omisiones (algunos le llaman mentiras) en las que habría incurrido con sus jefes políticos durante la negociación con el FMI.

Tampoco pueden negar en el entorno presidencial que las últimas medidas se parecen a un virtual feriado cambiario, que impide casi toda operatoria de comercio exterior, que será difícil de sostener en el tiempo y que está sujeto a la política albertista del “vamos viendo”. El tiempo que se proponen sostener tal corset parece demasiado. Hasta para sus impulsores.

El impacto en la producción que tendrá la virtual inhibición de las importaciones es una pileta a la que se tiraron Fernández, Guzmán y el titular del Banco Central, Miguel Pesce, sin saber cuánta agua tenía. Apuestan a la acumulación de stocks hecha por algunos para preservarse de la inflación. Aunque admiten que no cuentan con información fidedigna al respecto. La posibilidad de que se agrave la falta de insumos hasta la cuasi parálisis de la industria y el comercio de algunos rubros es una incógnita para el Gobierno y un hecho para muchos empresarios. Justo cuando todos los funcionarios celebran la recuperación de la economía y rezan para que la rueda no se pare. Mientras le cruzan un poste en los rayos.

El Gobierno se aferra a la política de los parches, a riesgo de agujerear los botes salvavidas. Como hace Guzmán, que se contenta con que se le licúa la deuda tomada para afrontar el déficit público gracias al aumento de la recaudación que le genera la inflación. Las consecuencias de esa apuesta a la suba nominal de los ingresos, que suelen traducirse en estanflación o hiperinflación, son un problema que se atenderá cuando se produzca. Eso es lo que parece decir el ministro, quien en una reciente entrevista cometió varios sincericidios, al admitir que corre detrás de los problemas. Paso a paso por la escalera descendente.

La inflación, a la que Guzmán le promociona su lado virtuoso, es la chispa que enciende todas las demandas de la política, además del malhumor ciudadano y la preocupación empresaria y sindical.

El pliego de condiciones que los mandatarios peronistas firmaron en la presentación de la nueva Liga de Gobernadores, sponsoreada por Cristina Kirchner, está motivado en parte por ese flagelo, que amenaza la preservación del poder territorial. El equipo presidencial suele jugar (involuntariamente) para la vicepresidenta.

Muchos de los mandamases provinciales ven que el tiempo pasa y se escurre sin que el Gobierno intente acotar la inflación, mientras se acorta el plazo para las elecciones que se proponen adelantar. Sienten que los precios son piedras que Fernández y Guzmán les atan a sus pies sin hacer nada por aliviar su peso. Ellos también hablan con Massa y presionan por un cambio en la gestión, sobre todo en Economía, antes de que sea tarde.

La empeoramiento manifiesto de las expectativas económicas encuentra sus causas tanto en la gestión técnica como en la crisis política que atraviesa la alianza oficialista. Las últimas apariciones admonitorias de Cristina Kirchner, seguidas del festival delarruístico como el que protagonizó anteayer el Presidente tienen consecuencias.

La foto de la reunión de Gabinete llena de ausencias, el aislamiento del ministro de Economía, el viaje de Fernández para visitar a la condenada Milagro Sala y, al final del día, la entrevista en la que el Presidente instaló (sin necesidad de decirlo expresamente) que está decidido a insistir con su intento de reelección parecieron un exceso de autoflagelación y de desvínculo con la realidad. Más aún con las afirmaciones de que en el plano económico el Gobierno es víctima de sus éxitos.

Revelaciones camporistas

Las explícitas afirmaciones del secretario general de La Cámpora, Andrés “Cuervo” Larroque, que sucedieron al raid de Fernández, entrarían en la categoría de destituyentes que instituyó el kirchnerismo si no hubieran sido formuladas por uno de los suyos.

La reinstalación de Cristina Kirchner como única dirigente capaz de generar esperanza y la comunicación del fin de la era de la moderación por decreto camporista tienen demasiada sustancia. Capaces de opacar otras definiciones, que confirman que fue un ultimátum y, también, que anticipa posibles movimientos menos lineales.

Una de las más reveladoras afirmaciones postergada o mal interpretada es la que dice que la vicepresidenta “encarna un reaseguro de que hay límites que no se traspasan”. La oración siguiente (“gobernar es enfrentar al poder económico”) puede haber generado la confusión, probablemente buscada.

Los que conocen al cristicamporista advierten que no debe verse en esa radicalización verbal un rechazo a un intento de ordenamiento (o ajuste) de la economía, sino todo lo contrario. Podría ser el adelanto de que la vicepresidenta está dispuesta a “hacer lo que hay que hacer” para ponerle freno a la crisis y por eso escucha hasta economistas indudablemente liberales. Larroque lo insinuó al reclamar que “se tomen medidas en el corto plazo”, porque si no “las elecciones del año que viene pasan a ser ciencia ficción”.

El funcionario bonaerense remató su mensaje con una afirmación que no dejó dudas de la magnitud del emplazamiento cristicamporista: “El ciclo de Guzmán es un tema terminado, vera él qué quiere hacer y el Presidente definirá. No tenemos mucho para esperar por ese lado”.

Sí queda esperar ahora el acto del sábado en Ensenada, en el que volverá a hablar la vicepresidenta. La frecuencia de sus apariciones se aceleró al compás de la crisis.

Aunque en la mesa presidencial afirmen que ella no saca ni pone funcionarios, la historia dice otra cosa. Por ahora, Alberto sigue atrincherado mientras muchos, aún de su entorno, continúan armando a Massa y desarmando a Guzmán.

Por: Claudio Jacquelin