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Plantear el tema del lenguaje inclusivo como un tabú revivió una discusión que parecía extinguirse

La decisión de la Ciudad sobre su uso en las escuelas es legítima, pero todo parecía indicar que el lenguaje inclusivo se moría de muerte natural.

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Primero lo primero: la escuela y el verbo prohibir no se llevan bien, raspan, pertenecen a barrios distintos. La escuela es, o al menos debería ser, el ámbito en el que se incentiva el ejercicio de pensar, de encontrar razones, de decidir a partir de la información y el entendimiento. Y una prohibición, así, a secas, rechaza esa posibilidad. Entonces la primera impresión es fea. Y crítica sobre quien realiza el planteo.

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Si se quiere cambiar algo, hablar de prohibir no parece el mejor camino. Ahora bien, ¿puede el Ministerio de Educación de la Ciudad decidir sobre las prácticas en las escuelas? Claro que puede. No sólo eso, debe hacerlo, es su tarea. Y en tal sentido, es legítima la búsqueda de que maestros y profesores dicten sus clases, y los materiales se presenten sin utilizar el llamado lenguaje inclusivo. Hay varias razones para pensarlo así.

La primera es que el inclusivo está por fuera del uso cotidiano y de las instituciones que operan sobre el lenguaje, por ejemplo, la Real Academia Española. Y lo que la Academia hace es establecer un estándar que posibilita la comunicación. A esta altura vale una breve aclaración: renegar de la Academia como si eso fuera un acto revolucionario es demasiado fácil. Nadie debería hacerse los rulos progres por discutir a ese tipo de organizaciones.

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Suena adolescente y no ubica a quien lo haga en el equipo de los héroes sociales. Hace falta más que eso. Dicho esto, también es cierto que el lenguaje inclusivo parecía destinado a una muerte natural, y que el anuncio de este jueves del Gobierno de la Ciudad seguramente actúe en sentido contrario y lo revitalice. Por el ánimo contradictor de los estudiantes, desde ayer se reanimarán debates que empezaban a apagarse.

Resulta imposible saber cuántos maestros y profesores lo utilizaban en la Ciudad de Buenos Aires, pero este viernes recibirá mayor adhesión de parte de los alumnos, a quienes se intenta proteger. Mirado de ese modo, la movida de Horacio Rodríguez Larreta y la ministra Soledad Acuña se adivina más como un movimiento de posicionamiento político, pensado para definir veredas, que otra cosa.

En tren de las siempre peligrosas certezas, difícil no creer que el destino del inclusivo, como de cualquier variación del lenguaje, se definirá por el uso y no por una suma de resoluciones, en un sentido o en otro. Cabe recordar que estamos frente a una crisis educativa de dimensiones impensadas para la historia de Argentina, con estudiantes que muestran dificultades para leer y escribir.

Y con dificultades hasta para entender el sentido de lo escrito, además de para resolver operaciones matemáticas básicas, la prohibición del inclusivo luce como un paso en el rumbo correcto pero pequeño, y aún quedan pendientes otros cambios. En la Provincia, por ejemplo, el gobernador Kicillof, además de ser inclusivo con el lenguaje, podría serlo con las estufas. Y así evitar el retraso de las clases en invierno.

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