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La gestión de Alberto Fernández está llena de falsedades y realidades ficticias

Es por Cristina Kirchner que gran parte del discurso estuvo destinado a atacar a la justicia, la misma que la condenó y tiene procesada por hechos ligados a la corrupción.

alberto y cristina en el congreso
Alberto Fernández - Cristina Kirchner
Descacharreo

No sorprendió que mienta con tantos indicadores falsos y realidades inventadas, Alberto Fernández ya nos acostumbró a reconocerlo como un presidente que miente tanto que llega un punto donde nos hace suponer que su problema es que detesta la verdad. Es por Cristina Kirchner que gran parte del discurso estuvo destinado a atacar a la justicia, la misma que la condenó y tiene procesada por hechos ligados a la corrupción.

Se refería a Cristina, que cobra casi 7 millones de pesos entre dos jubilaciones permitidas por la Anses, que nunca apeló el fallo como lo hizo contra cientos de miles de jubilados. Se refería a ella, y no al ciudadano de a pie, cuando atacó a diputados de la oposición que denunciaron la corrupción kirchnerista contra viento y marea y contra todas las presiones que recibieron durante años.

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Alberto Fernández gobierna para complacer a su jefa política, hace y dice en consecuencia. Un país con 100% de inflación anual, con salarios depreciados, con más del 50% de los niños pobres, con más de un 40% de pobreza, con la indigencia en alza, con jubilados que cobran haberes que alcanzan un tercio de la canasta básica, decir que no van a dejar a nadie librado a su suerte parece más una perversa ironía que un compromiso público de gestión.

Dan ganas de pedirle que no haga nada por nosotros, que nos arreglamos solos. Todo el discurso de Alberto Fernández estuvo basado en un ambiente que no habita entre nosotros, la realidad no crece sola por estar favorecida por el rocío del amanecer, la realidad se construye, y los gobernantes tienen mucha responsabilidad en esa cimentación porque son sus decisiones las que influyen en nuestra calidad de vida.

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Las comparaciones nominales con 2019, olvidando el casi 300% de inflación estuvieron a la orden del día, una tras otra. Claro que cuando saludó y agradeció a Sergio Massa por asumir en Economía, seguramente era para celebrar los resultados de su gestión que solo trajo ajuste y más inflación. Los legisladores, felices, aplaudieron eso. La idea de colocar entre el público a ciudadanos que son ejemplo de los resultados de su exitosa política es tan burda como irrespetuosa a la institucionalidad de un país que Alberto lacera todos los días.

Agreguemos el bochorno de la televisación guionada, que ya enfocaba a estas personas antes que el propio Fernández los nombrara o, también, cuando expusieron casi 40 veces en primer plano los rostros de los Ministros de la Corte Suprema, Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz, cuando eran atacados y cuestionados por el Presidente ante el aplauso y las burlas de los diputados oficialistas, todo eso significó una falta de respeto a la convivencia republicana, la misma de la que se jactó Fernández al cerrar su discurso.

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Utilizar las cámaras para acompañar el discurso forma parte de lo que se llama “atmosfera controlada”. Esto no debería estar permitido en un acto oficial que cuenta con una transmisión pública, que pagamos todos los contribuyentes, pero que estuvo todo el tiempo teñido de partidismo. Utilizar el Estado, los bienes y servicios públicos en favor de un partido político es una manera de acurrucarse bajo el brazo del autoritarismo. Algo de lo que el kirchnerismo sabe y entiende bastante.

Hay muchas y reiteradas falsedades en la gestión y en la propia oratoria del presidente que se pueden desmentir con mucha facilidad. ¿Por qué lo hace? Los líderes entran en contradicción constante respecto a definir sobre la verdad y sus consecuencias, por eso falsean los hechos, manipulan el presente o distorsionan la experiencia de la realidad, este aspecto distintivo se da mucho más en los regímenes totalitarios.

Lo cierto es que la mentira oficial, abrir un debate público alrededor de esas farsas, lesiona la calidad de la democracia. En ese sentido, cabe señalar que, si bien todos los políticos exageran, ocultan o suelen ser optimistas desmedidos para contar su gestión, hoy cuesta encontrar un paralelismo con alguien que con tanto afán se haya aferrado a la mentira como el actual presidente.

Quizás Alberto Fernández mienta porque entiende que la verdad es demasiado peligrosa para su propia valoración personal, algo que, de todos modos, la sociedad hoy hace pero que con el correr del tiempo ya a nadie le va a interesar. La historia suele ser cruel con los mentirosos, no se detendrá mucho tiempo a contextualizar las razones de su accionar. Cuando llegue el momento, solo recordará de ellos el daño que hicieron.

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